Los años decisivos para España:1961-1978

I. Incertidumbre: 1961 -1975

Desde la década de 1960, la salud del dictador Francisco Franco Bahamonde (1896-1975) comenzó a deteriorarse, a medida que nuevas generaciones de políticos comenzaban su actividad con un nuevo «espíritu» que contrastaba con el que generó el régimen político.

En los sesenta se había ya implantado el «modo de vida americano» adaptado a los usos y costumbres tradicionales y/o convencionales de la sociedad española. LA economía pasaba por un nuevo ciclo de crecimiento económico, por el boom del turismo, la construcción y el desarrollo tecnológico. La sociedad española se había adaptado a la vida en la dictadura, ya nadie hablaba de la guerra, ni de los rojos, ni de tiempos oscuros.

La llegada de turista había cambiado a la juventud educada en los principios fundamentales del «Movimiento». Los turistas introdujeron nuevas ideas y un nuevo espíritu de cambio en la percepción social del régimen político. Los extranjeros hablaban de democracia, de libertad, de prosperidad, de modernidad, de un mundo mas dinámico y menos encorsetado que el régimen de la dictadura española.

Los años 60 fueron años de emigración por parte de españoles en busca de una vida mejor. En los países de destino, fundamentalmente Alemania, Francia, Inglaterra y sobre todo américa latina, se encontraron con los exiliados españoles, aquellos a los que el régimen llamaba «rojos». Sin embargo se dieron cuenta que eran personas normales con historias que contrastaban con la historia oficial fabricada por la propaganda del régimen. No eran ni demonios, ni malas personas.

La vida del emigrante español en el exterior era como llegar a «la tierra prometida donde mana leche y miel» Allí conocieron la democracia, el sistema de libertades y la garantía de derechos civiles y humanos. Allí tenían un trabajo muy bien remunerado, en unas condiciones laborales inimaginables en España.

Cuando volvían a España comenzaron a difundir la idea de la existencia de alternativa al régimen de la dictadura, a la idea de «abrir los ojos» a otras realidades, la idea de movilizarse para acabar con la dictadura y caminar hacia la admirada y aun soñada «democracia». Para ellos llegó el momento del «activismo«. Franco enfermaba y los «buitres de la sucesión» comenzaron a calentar sus motores.

Franco desde los años sesenta a medida que sus enfermedades iban desarrollándose, abandonó progresivamente sus apariciones públicas, dejando a sus ministros mas conocidos, todo el protagonismo. Pero aun no había tomado una decisión sobre su sucesión. En realidad Franco hasta entonces no se había dado cuenta que había envejecido y que la sociedad española había evolucionado, sin percatarse de los cambios operados.

Las nuevas generaciones ya no se sentían comprometidas con el «Espíritu del 18 de julio» , para ellos la Guerra Civil (1936-1939) era «la guerra de Papá«, el pasado. La juventud vivía el presente debatiéndose entre la tradición o la modernidad, entre la lealtad a Franco o la rebeldía hacia todo lo «antiguo» y en consecuencia hacia el régimen. La juventud española como en otros tiempos volvía a ser de nuevo el «motor del cambio«.

Franco consideraba que España era una Monarquía y en consecuencia su sucesor habría de serlo «a título de rey» (Ley de 1947) Pero tenía un problema: existían dos pretendientes a la corona española: La línea «alfonsina» representada por don Juan de Borbón y Battenberg (1913-1993) [Juan III para los legitimistas], jefe de la casa de Borbón-Anjou en el exilio desde 1941; la Línea «carlista» representada por don Javier de Borbón – Parma y Bragança (1889-1977) [Javier I para los legitimistas], En ese momento regente en la jefatura de la Casa de Borbón-Parma desde 1936.

Don Juan apoyó durante la guerra civil y las dos primeras décadas de la dictadura al régimen de Franco; pero a partir de mediados de los años 50, viró hacia la democracia a medida que se fue desarrollando la Comunidad Económica Europea (1956-1992) y el avance de las democracias en Europa. A efectos sucesorios, para Franco, este pretendiente era un estorbo para sus planes.

Don Javier en cambio desde el principio había mostrado una lealtad probada en el campo de batalla y también en la construcción del régimen. Las Milicias «Requetés» del partido «Comunión Tradicionalista» habían contribuido al éxito militar y a la conformación del nuevo «Movimiento Nacional» compuesto por la fusión de Falange Española y Comunión Tradicionalista en el partido único y núcleo del régimen «Falange Española Tradicionalista y de las JONS» (Segunda época: 1937-1977).

A efectos sucesorios don Javier partía con ventaja. Era leal a Franco y vivía en Madrid, por lo que podría moverse y manejar los hilos en el mismo entorno del Caudillo. Don Juan vivía en el exilio en Estoril (Portugal) , pero había logrado en 1948 introducir en España su particular «caballo de Troya» en la persona de su hijo y príncipe heredero don Juan Carlos de Borbón y Borbón (Roma, 1938) Un príncipe educado en los principios fundamentales del régimen de la dictadura.

Don Juan Carlos era para franco el sucesor idóneo para crear un sistema monárquico de nuevo cuño: «La monarquía del Movimiento Nacional«, en 1967, Franco decidió que su sucesor «a título de rey» debía ser don Juan Carlos al que Franco había titulado como «Príncipe de España» (En realidad era príncipe de Asturias, Viana y Gerona desde 1941 para los legitimistas «alfonsinos«).

Título que le permitió tener su propia «Casa Civil» y consejeros propios a partir de 1962 cuando contrajo matrimonio – por el rito católico y el ortodoxo griego, algo que levantó ampollas entre los «católicos» leales a Franco – con Sofía de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg-Beck (Atenas, 1938), hija de los reyes de Grecia . Para abreviar en España se la conoce desde entonces como «Sofía de Grecia» (hoy «Sofia de Grecia y Hannover«).

Franco había cambiado de rumbo político a partir de los años 50 con la apertura de relaciones diplomáticas con el bloque occidental de la guerra fría, en especial con los Estados Unidos de América, cuya ayuda económica – Mini «Plan Marshall» hecho a medida de España – le permitió a Franco continuar en el poder.

Para aparentar normalidad con el mundo occidental, retiró de la primera fila a la gran «familia» política de los «falangistas» y en su lugar puso un gobierno mixto de «católicos y tecnócratas» mas adecuado para su ambicioso programa de grandes obras para España que debía llevar a España a la «modernidad», de cara a intentar ser admitido en la Comunidad Económica Europea y en las principales organizaciones del Sistema de la ONU, al que había accedido recientemente como país miembro (1955).

El presidente designado por Franco era desde 1947 el almirante Luis Carrero Blanco (1904-1973) que si bien procedía inicialmente de la «familia falangista«; en aquellos momentos engrosaba las filas de la «familia Católica» al ser miembro numerario del «Opus Dei» (Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, 1928), la mayor organización religiosa del momento dentro de la Iglesia Católica en España. Organización imbricada en toda la sociedad, en las altas esferas del poder político, económico y empresarial del Régimen.

En 1969, al gobierno se le presentaron dos grandes problemas: La cuestión de cambios en el tablero internacional y la inadmisión de España en la CEE, Europa seguía viendo a España como una «dictadura fascista» y un problema a resolver; y lo mas grave: El cuestionamiento del régimen político desde dentro. Durante la década comenzaron a aparecer problemas en la universidad, grupos clandestinos subversivos, represión, condena internacional a la represión, terrorismo, nacionalismos periféricos, reaparición de los opositores al régimen (PCE clandestino, Comisiones Obreras…) ; el nacimiento intelectual de los «aperturistas» aun siendo leales al régimen.

Durante los sesenta Franco delegaba a veces en don Juan Carlos la tarea de regir los destinos de España, en parte por el agravamiento de sus enfermedades y en parte para ir preparándolo para la sucesión. En 1966 crea la Ley Orgánica del Estado, en el que resumió el régimen y le dio un nuevo rumbo modernizador a la dictadura; pero sin perder de vista «el espíritu del 18 de julio«.

En 1973, cuando Luis Carrero Blanco acudía a misa como todos los días, una bomba en el subsuelo de la calle estalló al paso de su coche que salió literalmente volando por los aires. Luis Carrero Blanco falleció en el atentado perpetrado por una organización terrorista de la que muy pocos conocían, dado que hasta entonces solo había atentado en el País Vasco y con objetivos de escaso impacto mediático.

Esa organización terrorista era ETA (Euskadi Ta Askatasuná, 1968-2018), a partir del atentado de Carrero Blanco saltó a los medios de comunicación como la principal organización terrorista que operaba en España y que tenía en aquellos momentos un vínculo político con los movimientos «antifranquistas y antifascistas» españoles tanto dentro, como fuera de España (Resistencia Española del exilio). Muchos opositores al régimen aplaudieron y celebraron el atentado. Para el régimen en cambio fue una fuerte conmoción que tardó tiempo en digerir y reaccionar.

Luis Carrero Blanco era el «delfín» militar de Franco, el militar mas respetado en aquellos momentos además de Franco. Para los excombatientes y para el núcleo duro del Movimiento, era el sucesor preferido, incluso por encima del sucesor designado. Era quien debía ser el «hombre fuerte» del régimen tras la muerte de Franco. Don Juan Carlos, para esta facción militar, sería el «títere» perfecto, para contentar a la comunidad internacional y no traicionar los deseos de Franco.

Tras la muerte el vicepresidente Carlos Arias Navarro (1908-1998) asumió la jefatura del gobierno, tras la breve interinidad de Torcuato Fernández Miranda (1915-1980). Arias Navarro procedía de la «Familia falangista» la cual había comenzado a hacer un revisionismo histórico del propio partido, totalmente diluido en el «Movimiento».

Durante los debates hubo grupos de jóvenes falangistas que deseaban recuperar los viejos ideales de José Antonio Primo de Rivera (1903-1936) pero sin romper con el régimen. El objetivo de los revisionistas, era actualizar los ideales de Falange ante la coyuntura sucesoria de Franco y los problemas de orden público que ya comenzaban a visibilizarse. La idea era dar un nuevo impulso al falangismo «auténtico«.

Paralelamente el «Hedillismo» (Seguidores de Manuel Hedilla) volvió a despertar en la década de los 60 en la línea del «aperturismo» que algunas facciones del régimen ya habían puesto en marcha. La idea era reconstruir el «Falangismo Auténtico» con el fin de continuar la obra inacabada de José Antonio. Pero para ello debían romper con el partido en su versión «fascista y tradicionalista». Se fue generando en el interior del régimen un nuevo «falangismo» clandestino. Progresivamente se fueron acercando al resto de organizaciones opositoras al régimen.

El atentado de Carrero vino acompañada de un nuevo ciclo económico de crisis, agravada además por el boicot árabe a las exportaciones de petróleo hacia occidente (Guerra del Yom Kippur, 1973), activismo árabe que puso contra las cuerdas a las principales economías del mundo en aquellos años.

En España había estallado en 1971 la burbuja inmobiliaria asociada al turismo de masas, ello provocó un freno a los programas de desarrollo que el gobierno vendía como éxitos de la dictadura en su propaganda. El desempleo creciente y la inflación aumentó la contestación social y política. El gobierno usó los mecanismos de represión contra la oposición cada vez mas visible, mas violenta y mas radicalizada. Franco empeoró de salud, la muerte de Franco animaba a los opositores al régimen y alentaba las maniobras palatinas dentro del «Movimiento» de los llamados por la prensa «aperturistas«.

Franco murió el 20 de noviembre de 1975 en el Hospital de la Paz de Madrid. Su muerte puso en marcha el reloj del proceso democrático conocido como «la Transición Española» (1975-1982)

Fte. Oscar Rodríguez Barreira «La dictadura de Franco, 1939-1975» en José Álvarez Junco y Adrian Shubert (Eds) » Nueva Historia de la España Contemporánea (1808-2018)» . Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2018. Pp.183 -210.


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