El destino de los pueblos I

Autodeterminación vs nacionalismos contemporáneos. Siglos XVIII y XIX

Durante los tres «congresos continentales» (1774-1789) que llevaron a cabo los representantes coloniales británicos en Norteamérica para analizar la situación de sus colonias con respecto a la política colonial británica, surgieron pensadores que iban más allá de políticas concretas coloniales. Se plantearon acerca de la naturaleza de la libertad, la soberanía y la identidad de los pueblos, inherentes al concepto dieciochesco de «soberanía«.

Immanuel Kant (1724 -1804) en la «vieja Europa» postulaba que el ser humano era por naturaleza libre y en base a esa libertad, era libre para decidir su propio destino vital. El ser humano libre es aquel que está libre de coacciones externas. La buena voluntad permite al hombre libre, decidir y elegir.

J.G. Fichte (1762 -1814) aportó a las ideas de Kant, el nacimiento del concepto de «comunidad». Un pueblo, una comunidad o «nación» libre es aquella que está libre de coacciones externas. Una comunidad o «gemeinschaft» es entendida por Fichte como un grupo social que comparten un ambiente, una vecindad, un colectivo social… generalmente con intereses comunes compartidos. La buena voluntad de los pueblos favorece, según esta filosofía, el derecho de la comunidad, a decidir y elegir su destino de manera libre. De este pensamiento surge el «derecho a la autodeterminación de las naciones«.

Pensadores norteamericanos como Thomas Jefferson (1743-1826) o pensadores franceses como el Marqués de Lafayette (1757 -1834), hicieron suyas las ideas de Kant y de Fichte para argumentar los fundamentos de la conocida como «revolución americana» (Guerra Independencia de los Estados Unidos de América , 1776-1787) y posteriormente de la «revolución francesa» (1789-1793).

los revolucionarios americanos (conocidos así mismos como «patriotas«) consideraban que la política colonial británica en Norteamérica era lesiva a los intereses de los colonos, en especialmente negativa era la política fiscal y el trato discriminatorio dado a los colonos por los británicos en relación con los ciudadanos de Gran Bretaña. Consideraban que la coacción e imposición de las leyes británicas en Norteamérica impedía el libre desarrollo y el progreso de las colonias. En consecuencia, el «pueblo» de las colonias tenía derecho a elegir y decidir su propio destino como una «nación» independiente.

La «Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América» (4 de julio de 1776), fue redactada íntegramente por Thomas Jefferson , bajo la inspiración francesa de Lafayette, filosófica de Kant y Fichte.

En el siglo XVIII la religión era omnipresente en todo los órdenes de la vida de cualquier individuo o colectivo humano. La Biblia era la base y fundamento para la elaboración de leyes y la base para entender la naturaleza humana y el cosmos. Las distintas iglesias cristianas adaptaban su «doctrina» en base a interpretaciones que hacían de los textos bíblicos.

En las iglesias mal llamadas «protestantes» existía desde tiempos de la «reforma» un sentido de pertenencia a una comunidad, diferente a la existente en los países católicos, donde dicho sentido de pertenencia o no existía o estaba determinada por la hegemonía de la jerarquía eclesiástica, la moral estricta y las normas canónicas eclesiales incuestionables.

Los revolucionarios americanos, la mayoría protestantes, tenían muy arraigado ese sentido de pertenencia a una comunidad, principalmente a una comunidad religiosa concreta. Ello provocó el auge del localismo. Para los revolucionarios americanos la vida comunitaria y religiosa era muy importante, mas incluso que las instituciones de gobierno y administración.

En los escritos y en los discursos de los principales pensadores e ideólogos revolucionarios, sus acciones estaban predestinadas por «el Creador» («Véase deidad según el «credo» francmasónico o «deísmo«) y en ese sentido para los pensadores, era «voluntad» divina el proceso de independencia de los Estados Unidos de América; siendo en consecuencia, dueños y señores de su propio «destino» en la «forja de la nación americana«

En la revolución francesa, los escritos de Kant, Fichte, Lafayette y de los filósofos «ilustrados» como el barón de Montesquieu, el educador y filósofo Jean-Jacques Rousseau, los enciclopedistas Diderot y D ‘ Lambert o del gran activista y pensador Voltaire, circulaban por las residencias y «clubs» de los revolucionarios , de tal forma que en Francia y según sus pensamientos: Dios, el dios cristiano, en su «infinita misericordia» quiso que el pueblo, hambriento y abandonado a su suerte, pudiera ser consolado y disponer de sus necesidades mas básicas.

Para los revolucionarios franceses la libertad del pueblo debía pasar por los principios revolucionarios de: Igualdad, legalidad y fraternidad. Libertad individual que debía verse reflejada en concreto en la eliminación de la servidumbre y de la esclavitud.

Libertad colectiva que debía verse reflejada en la extinción del feudalismo como sistema político, social y económico. Todos debían tener la condición de «ciudadano«, erradicando las condiciones de «súbditos y vasallos«. Para ellos, el ser humano es «por naturaleza» un ser libre. Para los pensadores revolucionarios, Dios quiso que el «hombre» fuera libre para decidir y elegir. De estas ideas revolucionarias surgió, ya en el siglo XIX, el concepto de «libre albedrío» .

El «Pueblo» – para los revolucionarios – se declaraba «soberano«; «amo y señor» de su propio «destino«. El «Pueblo» es libre para decidir y elegir. Hasta la revolución francesa los monarcas se consideraban así mismos como los únicos «Soberanos» por «derecho divino» , concentrando en su persona todo el poder.

Al considerar los revolucionarios que el «pueblo» – por derecho natural – era libre, consideraba que la «soberanía» debía recaer sobre el «pueblo«, entendido como una «comunidad libre«. De este principio surgieron posteriormente los conceptos de «Soberanía Nacional y Soberanía Popular«.

Las revoluciones inspiraron movimientos de «liberadores y libertadores» de personas que consideraban que la «libertad» era el don de Dios mas preciado que había otorgado a la humanidad. En ese entusiasmo por «liberarse» de ataduras, liberarse de opresores, liberarse de todo aquello que coaccionaba o frenaba el desarrollo individual y colectivo, surgió un movimiento filosófico, social, económico y político que fue conocido globalmente como «liberalismo» cuyo mayor desarrollo y arraigo fue en el siglo XIX principalmente en Europa.

En las colonias de los grandes imperios del momento y en los territorios imperiales en suelo europeo, comenzaron a principios del siglo XIX, coincidiendo con la «era napoleónica» (1795-1814), a desarrollarse el concepto de «nación» que había sido esbozado en la centuria anterior.

En estos territorios dependientes de grandes imperios, los ideales revolucionarios tanto de Estados Unidos como de Francia, gozaron de una gran popularidad y nutrieron los movimientos emancipadores e independentistas que se fueron reproduciendo por toda América (Imperio español y Portugués), Asia (imperio británico, francés, neerlandés y Alemán) y África (imperios británico y francés) con la misma idea de «libertad y de Liberación«

Estos pueblos coloniales se consideraban libres para decidir su propio destino, para liberarse de los «opresores imperialistas» que les impedían «progresar» y desarrollarse como «naciones libres e independientes«. Muchos de estos movimientos emularon a los revolucionarios estadounidenses y a los franceses. Consideraban que eran libres para gobernarse así mismos (autogobierno), hacer leyes y crear instituciones propias, sin imposiciones extranjeras.

En la «Vieja Europa«, muchos estados eran imperios coloniales, otros se habían expandido a lo largo de la historia por el continente europeo, muchos habían cambiado las fronteras de lugar como consecuencia de los inevitables enfrentamientos entre emperadores y monarcas.

Con el comienzo de la «Era Napoleónica» (1795-1815) el mapa de Europa cambió de manera general. Desapareció el milenario Sacro Imperio Romano Germánico (962-1806) y en su lugar el emperador Napoleón I de los Franceses (1804-1814) , surgido de la revolución francesa, redibujó, mirando mapas geográficos, el nuevo mapa de las «naciones constitutivas» de los nuevos estados.

El éxito militar y la popularidad de la que gozaba el primer emperador plebeyo de la historia, hizo que surgieran distintas variantes dentro del concepto de «Nación«. Para algunos pensadores, la «nación» natural era aquella que surgía del sentimiento identitario de un pueblo libre. Es decir que las naciones surgían a voluntad del pueblo que las formaban.

La versión napoleónica asociaba el concepto de «Nación» al de «Estado«, desnaturalizando dicho concepto. De esta forma permitió que surgieran nuevas «Naciones» artificiales, surgidas no de forma natural por voluntad del pueblo; sino de decisiones políticas o jurídicas adoptada por la élite. Consideraban los políticos que el pueblo (entendido como «plebe») carecía de formación suficiente como para poder tomar decisiones transcendentales. Surgiendo así el nuevo concepto de «aristocracia» (gobierno de los mejores) en la política y de «oligarquía» (gobierno de la clase propietaria) en la economía.

Napoleón I era un ilustrado en fase revolucionaria que imaginaba una «nueva Francia» distinta a la anterior a la revolución. Los revolucionarios franceses habían creado una nueva forma de Estado (la República Francesa) y una nueva forma de Gobierno («Convención, Directorio, Consulado«) , habían establecido nuevas leyes civiles, penales y se había reorganizado la administración central y departamental, e introducido el sistema de reparto del poder. Pero le faltaba ese sentimiento de identidad nacional natural.

Fue entonces cuando surgió la discrepancia entre el significado de «nación» y el de «pueblo«. Hasta entonces la revolución francesa la habían dirigido y la habían protagonizado las élites políticas revolucionarias, el pueblo llano se vio alejado, abandonado e incluso ninguneado por las élites políticas de la revolución, los llamados popularmente «ciudadanos o burgueses«.

En las capas bajas de la sociedad existía igualmente el concepto de «libertad» y en consecuencia apostaron por rebelarse (o «Liberarse«) contra las élites revolucionarias, a las que consideraban las principales «opresoras del pueblo«. De tal forma que los partidarios de las «Naciones» constituían la nueva burguesía revolucionaria, la nueva élite; mientras que, los partidarios del «Pueblo» eran los integrantes de las capas mas bajas de la sociedad.

La burguesía apostó por el concepto de «soberanía nacional» y apostó por una solución a medio camino entre la monarquía y la república. Apostaban por monarquías o bien parlamentarias; o bien constitucionales, controladas por el Parlamento y/o el Gobierno.

Pero esta monarquía al estar sometida a la «voluntad nacional» representada teóricamente en el Parlamento, debía aceptar los principios rectores de la revolución expresada en las leyes fundamentales o en las constituciones de las que derivaban los poderes del estado y el ordenamiento jurídico. Esta visión de la «buena voluntad» generó conflictos entre unos monarcas que se resistieron al control por parte de «plebeyos e inferiores» y un parlamento que no estaba dispuesto a ceder ni un milímetro su «soberanía nacional recuperada«, ni los principios, en versión moderada, de la revolución.

En las colonias pasaba lo mismo. En el caso de América, los movimientos emancipadores e independentistas que deseaban liberarse de la «opresión» que a su juicio les sometía España, estaban protagonizados por una élite criolla y española, nacida o con arraigo en las colonias.

En cambio el pueblo llano y los pueblos originarios fueron sujetos pasivos de estas revoluciones. Junto a los movimientos de los conocidos como «Libertadores«; surgieron movimientos «indigenistas«, que actuaban contra la metrópoli «extranjera» y a la vez contra los «libertadores» al considerarlos también descendientes de extranjeros y por tanto «imperialistas» que les habían arrebatado sus tierras ancestrales.

Tras la «era napoleónica«, Europa vio como desaparecieron los grandes imperios y surgieron los llamados «Estados-Nación» que comenzaron a ajustar su configuración durante el llamado «ciclo revolucionario» (1820, 1830, 1848 y 1871) en el que surgieron nuevas ideas revolucionarias y variaciones conceptuales de anteriores. Aparecieron también los primeros «revisionistas» y los primeros movimientos contrarrevolucionarios que deseaban acabar con el espíritu revolucionario y restaurar el antiguo orden.

A mediados del siglo XIX aparece la figura del «intelectual o erudito» cuyo papel consistió en crear la «opinión pública» a partir de sus escritos en libros y en artículos de prensa. Muchos eran profesores universitarios, otros autores muy conocidos o populares, otros eran considerados personas de importancia o distinción social.

Fue un siglo en el que aparece la figura del «cronista» una variante de erudito que trataba de buscar en la historia el «origen» del pueblo fundador de la «Nación» (Natural). Crearon métodos, desempolvaron legajos, manuscritos, mapas, grabados antiguos…junto a los cronistas aparecieron los «anticuarios» o coleccionistas de arte antiguo, fruto del pillaje arqueológico coetáneo con la expansión imperial.

La arqueología comenzaba su andadura con mas espectáculo que ciencia. Muchos de sus escritos, descubrimientos y museos, se usaron como herramientas de propaganda para justificar l las revoluciones o las contrarrevoluciones, así como el imperialismo o colonialismo, que se estaban produciendo en aquella centuria.

La revolución había liberado a las sociedades de las ataduras del medievo , había creado un nuevo modelo de hacer las cosas y de organizarse, pero aun quedaban pensamientos anteriores arraigados en la sociedad que eran considerados «contrarrevolucionarios» y contrario, por tanto, al nuevo orden de cosas.

La religión, por ejemplo, seguía siendo omnipresente en la sociedad y muchos consideraban que la «voluntad del pueblo» (la «Volksgeist» o espíritu del pueblo) no tenía porque ser obra de Dios, ni ser un requerimiento divino; ni formar parte de ningún plan divino; sino que esta «buena voluntad del pueblo» surgía libremente y de forma natural. Los franceses apostaban por las naciones artificiales, los alemanes por las naturales. Los franceses apostaban por fórmulas centralistas y los alemanes por un espíritu mas federalista.

Durante la revolución Francesa, el gran escritor Voltaire (pseudónimo de François-Marie Arouet, 1694-1778) había expuesto la idea de actuar como «si Dios no existiese«. No negaba la existencia de Dios; pero consideraba que había que separar los asuntos divinos, de los asuntos humanos. El estado debía actuar libremente y de manera independiente a la Iglesia. La jurisdicción eclesiástica no debía superponerse a la del monarca. Los cánones de la iglesia no debían ser la base para la elaboración de leyes civiles. Este pensamiento en el siglo XIX se expresó en el característico «laicismo nacional» propio de Francia. Revolución y laicismo fueron de la mano.

Los parlamentos, que fueron la nueva representación de la soberanía «nacional», eran los responsables de hacer las leyes y de supervisar la ejecución de las mimas por parte de los gobernantes elegidos por el pueblo. Leyes que se basaron en el orden y «Ley Natural» tal y como la entendían los científicos de la época; pero también en los usos y costumbres arraigados en Francia. Al quedar fuera del derecho civil, el código canónico, la Iglesia Católica fue perdiendo propiedades, privilegios, derechos otorgados por los monarcas y finalmente espacios públicos donde ejercer su poder «temporal«.

En muchos sitios los gobiernos republicanos, ya fueran parlamentarios, constitucionales o «bonapartistas«, tuvieron que adaptarse a las circunstancias específicas de cada lugar y tradiciones políticas locales. De esta forma se amplió el concepto de revolución y de revolucionario, para dar mayor flexibilidad a las nuevas formas de estado y de gobierno.

Ambos creían en la «revolución» y en todo el léxico revolucionario basado en los escritos y filosofía de Kant, Fichte, Jefferson, Lafayette, Rousseau, Voltaire… y otros muchos pensadores coetáneos. Pero tenían ideas muy distintas de como aplicarlas en cada lugar, en el día a día. tenían muchas ideas, pero les faltaba en ocasiones, pragmatismo y organización. Momentos en los que los «contrarrevolucionarios» trataban de restaurar el «antiguo régimen» como ocurrió en 1815 (Congreso de Viena) tras el envío de un derrotado Napoleón Bonaparte a la isla británica de Santa Helena.

En el siglo XIX se crearon muchas utopías, se escribieron muchos ensayos y escritos políticos, que dieron lugar a una nueva edad de oro de las letras en toda Europa. Cada analista, erudito, cronista, anticuario e intelectual tenía una opinión propia de como hacer la revolución. No existía en realidad un modelo único de revolución; sino que estos se fueron desarrollando de manera natural, de forma distinta en cada país y a través de intelectuales que tenían ideas diferentes de como hacer exitosa una revolución «liberal, libertaria, librepensadora…».

«Los sueños de la razón producen monstruos» aparece en una cartela de un grabado impresionante de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828), uno de los pintores universales mas admirados.

Goya había vivido en primera persona la Guerra de la Independencia Española (1808-1814) considerado por los «fernandinos o españolistas» (Goya era mas bien «afrancesado«), como la versión española de la «revolución francesa«. Aunque Goya era mas ilustrado que liberal, entendía que el ser humano es voluble, irracional, débil , envidioso, corruptible y traicionero por naturaleza.

Una cosa era la teoría, y otra la practica. Las ideas de la revolución eran para Goya hermosas, atractivas, llenas de matices, con mucho colorido… las mitificaba en una visión romancista propia de la época. Pero la praxis, tal y se expresaban en sus grabados y pinturas de la guerra, era terrible, dramática, trágica, demoniacas y criminales cuando las ideas no son aplicadas teniendo en cuenta la realidad o cuando se llevan al extremo.

Goya ahondaba en el realismo y en el expresionismo artístico, llegando al nihilismo autodestructivo con las «pinturas negras«. El no era propiamente un contrarrevolucionario; pero si un ciudadano, que llevado por los acontecimientos sobrevenidos, se mostró mas proclive al «bonapartismo«, a la búsqueda de un líder o «mesías redentor» que pusiera orden en «las Españas«.

A mediados del siglo XIX la praxis revolucionaria había creado «monstruos«, errores de origen, revoluciones sin control y sin objetivos claros. En las primeras revoluciones los revolucionarios sacaron al «monstruo» que llevaban dentro curtido a base de rencores, insatisfacciones, frustraciones, maltrato, vejaciones… llevadas a cabo por sus antiguos «amos«.

Las revoluciones fueron la válvula de escape de toda la presión que había en el ambiente. Sin embargo, estos errores fueron corregidos en las sucesivas revoluciones mediante ensayos de nuevas formas de dirección y organización de las revoluciones.

Los pueblos o naciones se habían independizado y seguido la estela del destino. Pero a medida que pasaba el tiempo y a medida que se iban ajustando las nuevas «naciones» a la nueva realidad, el destino no estaba nada claro. Faltaban estrategias a corto, medio y largo plazo. No tenían los antiguos revolucionarios una nueva hoja de ruta.

Muchos pensaron que una vez logrado el éxito en la revolución, el mundo iba a ser diferente, distinto al que habían conocido. ambicionaban ir al «paraíso» de la revolución. Sin embargo, no resultó ser como se esperaban. La confusión, el desánimo, la frustración y la indignación hicieron surgir nuevos revolucionarios que ya no confiaban en el «destino» ; sino en la realidad pura y dura, la organización y el establecimiento de metas realizables.

En Estados Unidos, una vez que consolidaron los trece estados originales, comenzaron a expandirse hacia el oeste en busca de nuevas tierras. Primero se movieron por la zona de los grandes lagos y de allí descendieron a las praderas centrales; para después, siguiendo la costa del golfo de Mexico, continuaron hacia el inhóspito y mitificado «Salvaje Oeste«. En todo ese territorio estaban los pobladores originales con distintos grados de desarrollo cultural, junto a la presencia de población hispanizada organizada desde antaño en comunidades y misiones.

O la controlada por la nueva «nación azteca» que inicialmente se convirtió en un imperio bonapartista con los Iturbide y después la revolución mexicana dio lugar a los Estados Unidos Mexicanos.

Estos pobladores originarios formaban sociedades tribales y confederaciones tribales, la mayoría eran nómadas o semi-nómadas; no tenían presentes el concepto de «propiedad» de la tierra en la que habitaban. Eran mayoritariamente «animistas» (religión que veneraba a los espíritus de la naturaleza y de los antepasados). La llegada de exploradores y la llegada de los comerciantes y colonos, les causó temor hacia la pérdida de su forma de vida ancestral. También ellos querían ser «libres» en su propia tierra, en la tierra de sus antepasados. Una tierra sacralizada que estaba siendo violada por los extranjeros.

Para el pueblo y gobierno de los Estados Unidos de América aquello les suponía un problema, ellos se habían rebelado o «liberado» contra Gran Bretaña para dar paso a un nuevo estado. Ahora eran las tribus «indias» las que se rebelaban contra Estados Unidos. Aquello era nuevo para los intelectuales estadounidenses.

Muchos se preguntaban si los Estados Unidos se había convertido en una potencia «opresora» de las «Naciones indias«. Empezaron a surgir los primeros movimientos a favor de los «pueblos nativos americanos» y posteriormente fue un modelo a seguir por los movimientos a favor del reconocimiento de los derechos de la población «afroamericana e hispana«, en Estados Unidos.

El derecho a la autodeterminación de los pueblos en el caso estadounidense y europeo, hacía aguas hacia finales del siglo XIX con el desarrollo del nuevo modelo de Estado-Nación «burgués-liberal«.

Surgieron los «revisionistas» y los «reformistas» quienes trataron de crear parámetros nuevos para determinar quienes eran los «opresores» y quienes los «oprimidos«. Muchos se preguntaban si dar «libertad a los pueblos» consistía en fomentar el caos, la revolución exaltada o la anarquía.

Consideraron que un derecho extensivo a la autodeterminación podía ser contraproducente para la pervivencia del «Estado-Nación», de ahí que el modelo de nacionalismo, controlado de forma artificial, se fuera imponiendo.

Desde el punto de vista de la filosofía, la libertad inherente por naturaleza al ser humano está limitada por lo que Kant llamaba la «buena voluntad», o lo que es lo mismo la «ética» y la «moral«. Por tanto para evitar el caos era necesario dirigir y controlar esa libertad por medio de leyes y también en algunos casos por la represión contra aquellos que, o bien abusan de la libertad; o bien vulneran la libertad.

Esta teoría era bastante ambigua, debido a que no siempre quienes dirigían las revoluciones y los estados, eran personas dotadas de principios éticos o morales admisibles en las sociedades en las que vivían. Tampoco existían repositorios de principios en los que basarse, mas allá de los principios morales religiosos arraigados.

A veces había líderes «mesiánicos» y carismáticos que anteponían el «yo» mayestático e individual, frente al «nosotros el Pueblo«. Estos confundían la buena dirección con sus intereses particulares, creando las figuras caudillistas y dictatoriales típicas del cambio de siglo XIX al XX.

A menudo los propios revolucionarios acababan secuestrando la «libertad del pueblo» en beneficio propio. Es decir lo mismo que acusaban los revolucionarios del siglo XVIII a los monarcas absolutos y autocráticos. Los entonces «oprimidos» se habían transmutado en «opresores» en el siglo XIX. Lo cual generaban muchas contradicciones.

En la segunda mitad del siglo XIX surgieron dos fenómenos unificadores «Nacionales» novedosos: la unificación italiana (1861-1870) y la Alemana (1871-1918)

La Italiana siguió el modelo centralista francés, manteniendo la monarquía absoluta, aunque levemente controlada por un parlamento poco eficiente y muy idealista. Los eruditos, forjadores de la unificación, consideraban que aunque la península itálica e islas vecinas estaban divididas en múltiples microestados, independientes, o vasallos, o dependientes de otros grandes estados. El «Pueblo» se consideraba globalmente y geográficamente «italiano» (habitantes de la península itálica).

Los cronistas recalcaban en sus revisionismos de la historia común y compartida de los Italianos, su pertenencia a tres grandes entidades políticas: el Imperio Romano, El Imperio Carolingio, el primer Reino de Italia (estado constituyente del Sacro Imperio Romano Germánico) surgido tras la desaparición del Imperio Carolingio. Para los nacionalistas italianos , en el pasado eran «grandes» y en consecuencia era necesario «liberar» a Italia de los poderes imperiales extranjeros: Francia, Austria, España y del Papa, para volver a ser «grandes» de nuevo como una nueva y gran nación.

Popularmente se decía que Italia estaba compuesta en realidad por tres «Reinos italianos«, el del Norte (Reino de Cerdeña), el del Sur (Reino de las Dos Sicilias) y el del Centro (Estados Pontificios). Puesto que el reino de Cerdeña estaba mas industrializado, era mas rico y con una dinastía reinante arraigada de mas de un siglo de antigüedad (Los Saboya), le correspondía liderar la «Unidad italiana«.

Sin embargo no contaba con el apoyo social y político suficiente para asumir ese liderazgo. El Imperio Austriaco dominaba el norte (Lombardía y Véneto); Los papas controlaban la zona central de la península y gran parte del adriático norte; los reyes de Dos Sicilias, emparentados con los Borbón-Anjou españoles, controlaban el sur de la península e isla de Sicilia.

Ni Austria, ni el Papa, ni los reyes del sur, querían perder territorios, ni su rígido régimen de monarquía absoluta de derecho divino. Rechazaban cualquier debilidad hacia los procesos revolucionarios, a la luz de las experiencias vividas con anterioridad durante el «ciclo revolucionario», especialmente la revuelta de los «carbonarios» de 1820.

En Italia existía la idea de ser italianos, pero no consideraban que eso hubieran en ningún momento generado una nación natural, dado que cada lugar de Italia tenía sus propias características en lo tocante a la «buena voluntad» del Pueblo local. Predominaban los regionalismos y los localismos.

Por ejemplo en la Lombardía, se consideraban descendientes del pueblo germánico de los «lombardos«, en otras partes de la península: toscanos, venecianos, latinos, campanos, sicilianos, sardos, etc… se consideraban herederos de pueblos ancestrales que vivieron en esas regiones y que les animaba en este nuevo espíritu de liberación, a sentirse parte integrantes de esas «naciones» específicas, preexistentes a la nueva «nación italiana«, creada artificialmente en el Reino de Cerdeña.

Para lograr la «Unidad Italiana» el rey de Cerdeña tuvo que emplear fuerzas armadas para someter a los distintos «pueblos italianos» en la construcción de la «Nación Italiana» (artificial). Garibaldi fue el encargado de movilizar tropas y a la población. Su gesta de «Marchar» de norte a sur con su ejército «liberador» (emulando a los «libertadores» americanos) fue mitificada, versionada a la ópera gracias a los servicios inestimables de G. Verdi y presentada de forma propagandística por la corona italiana, como el gran ideal «nacional» del romanticismo italiano.

Pese a todo este espectáculo militar-operístico los nacionalismos preexistentes al nuevo «Reino de Italia» a partir de 1870, siguieron existiendo, sobre todo en el centro-sur de la península, donde la situación económica estaba menos desarrollada que en el norte. Preservar sus señas de identidad «nacional» de estas zonas agrícolas, era una forma de defender sus propios intereses comunitarios. Los debates entre centralismo y descentralización perduraron a lo largo del tiempo impidiendo que la «revolución italiana» diera los frutos esperados inicialmente.

En el caso de Alemania, existía ancestralmente la idea de un modelo imperial federal. Es decir, el mosaico de pueblos «germánicos» surgidos en la antigüedad y cuya plasmación era el Sacro Imperio Romano Germánico, sucesor natural del Imperio Romano (o autoridad imperial simbólica) formaban entre ellos una comunidad de intereses que les llevó a sentir un espíritu común de pertenencia a una realidad común llamada inicialmente «Germania» que con el tiempo había evolucionado conceptualmente a «Alemania» (en relación con el pueblo de «los Alamanes»).

Pero cada territorio constitutivo del Sacro Imperio Romano Germánico conservaba su propia identidad «nacional» basada en la historia, la lengua, la cultura, los cultos, las creencias, los usos y costumbres que les eran propios. Los «germanos» consideraban que así había sido siempre, los pueblos habían aprendido a convivir y a coexistir entre ellos en función de intereses comunes.

Se aliaban o deshacían las alianzas en función de los intereses de cada uno. Originariamente estos pueblos estaban acaudillados por los «señores de la guerra», por lo que el sentido militarista popular estaba muy arraigado al igual que el de comunidad local.

Durante la milenaria historia del Sacro Imperio los «príncipes» habían creado entidades como las «dietas» o parlamentos que se reunían cuando habían de tratar algún asunto de importancia, forjar alianzas o elegir al «Emperador» una figura sagrada que era venerada como símbolo de unidad de los germanos, como defensor de los derechos de los príncipes, como árbitro en las disputas territoriales, pero en realidad sin poder efectivo alguno. La Dieta Imperial, era la que tomaba en realidad todas las decisiones transcendentales del Imperio.

Cuando llegó el siglo XIX, tras un siglo «glorioso y grandioso» que fue el del siglo XVIII donde los príncipes y los emperadores protagonizaron y participaron en las grandes guerras continentales europeas (Gran Guerra del Norte, Guerra de Sucesión Española,…. ) consiguiendo prestigio y notoriedad. La figura del emperador se vio reforzada en estos conflictos, la de los príncipes perdió su protagonismo interno dentro del Sacro Imperio y sobre todo en el siglo XIX durante la era napoleónica.

Napoleón I de los Franceses tras su victoria en el continente se creyó en la responsabilidad de establecer un nuevo orden europeo, y especialmente en el Sacro Imperio Romano Germánico, que fue todo un reto cartográfico y político para el emperador francés.

Sobre la base de la «Germania Carolingia» definió los limites de «Germania», prescindió de «Austria» a la que consideraba una nación diferente a la «Alemana». Ayudó que el archiduque Francisco II decidiera «Motu Proprio» separarse de la «nueva Alemania» imaginada por Napoleón, creando el Imperio Austriaco con las posesiones históricas de los Habsburgo: Austria, Hungría, Bohemia (Rep. Checa y Eslovaquia actuales) , territorios italianos ocupados por Austria en el Adriático y Balcanes (Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina) .

Napoleón creó la «Confederación del Rin» en 1804, con multitud de pequeños principados y obispados soberanos, a modo de «cajón de Sastre». A Hannover, Westfalia y Prusia los convirtió en Reinos independientes, siendo Prusia el mas importante de ellos, dado que desde 1701 se había convertido en un estado autónomo con respecto al Sacro Imperio. Hannover tenía una unión dinástica con Gran Bretaña y Westfalia se configuró como un estado libre desgajado de Hannover.

Los prusianos que se consideraban un pueblo descendientes de los guerreros de la Orden Teutónica, disponían del mayor territorio de la nueva «Germania«, se consideraban parte de una misma nación y al constituirse en Estado, y tras la era napoleónica, surgió el nuevo Estado-Nación «burgués-liberal» típico de mediados-finales del siglo XIX.

Aunque sus monarcas eran absolutistas, el liberalismo comenzó a desarrollarse al mismo tiempo que se desarrollaba su industria. No sólo era el reino mas grande, sino también el mas rico económicamente.

Consideraban al igual que los reyes de Cerdeña en Italia, que a Prusia le correspondía liderar la revolución que devolviese la grandeza «al imperio» (o Reich).Pronto se vieron como los herederos naturales del Sacro Imperio Romano Germánico, de ahí que sus monarcas prefiriesen ser conocidos como «Kaiser» (o Emperador). Como «padres de la nación» y como «líderes del pueblo alemán«.

En este caso no hubo muchos problemas para la unificación, el concepto de «Imperio» ya existía en el ambiente, al igual que el modelo federativo de las «naciones constituyentes del imperio» estaba arraigado desde tiempos inmemoriales.

El forjador fue el canciller Otto von Bismark, quien apostando por lo «natural» y rechazando lo «artificial» , se dispuso a recrear el «Reich» pero teniendo en cuenta los principios revolucionarios, la filosofía nacional alemana y un nuevo modelo de relaciones entre el poder y el pueblo: la «democracia«.

Fruto de la experiencia anterior y de los resultados del ciclo revolucionario, al que se puso fin con la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871), Bismarck entendió que había que controlar el proceso revolucionario partiendo de lo que Jean-Jacques Rousseau llamaba «contrato social«.

Un contrato en el que el pueblo soberano, contrata figuradamente al emperador, para que reconstruya el nuevo «Reich alemán«. De tal forma que el monarca deja de ser absoluto, para ser un monarca constitucional y a la vez un funcionario público, controlado por la todopoderosa cancillería imperial y el nuevo parlamento dividido o «Reichstag» con sede en Berlín, capital del Reino de Prusia y nueva capital del segundo Imperio Alemán, representante de los pueblos constitutivos del Reich.

La segunda parte del contrato es de naturaleza social, es decir tanto el emperador como el canciller imperial debe respetar a los pueblos integrantes en el Reich, sus usos y costumbres, su forma de entender la nueva Alemania (nacionalismos locales y localismos) y las decisiones adoptadas en el parlamento y por la cancillería imperial (donde residió el verdadero poder de Alemania durante el segundo imperio). La razón de ser de esa unión es procurar la protección, las buenas relaciones exteriores, la paz, el bienestar y la felicidad de los pueblos alemanes.

Usaron la palabra democracia porque les parecía que los alemanes se parecían mucho a los antiguos griegos y sus polis. Ellos rescataron del olvido el concepto de «demokratia» (gobierno de todos) para diseñar su propio modelo de «nación» liberada del absolutismo, liberada de la sacralidad del primer imperio y de las influencias extranjeras. Nuevos principios revolucionarios añadidos a los ya existentes, cuya máxima expresión se produjo en el siglo XX.


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