El mito del Minotauro

Del naturalismo científico al ecologismo político

En la Gran Bretaña del siglo XVIII el desarrollo tecnológico implicó un proceso de búsqueda de recursos naturales esenciales para las nuevas fábricas y las nuevas máquinas. Esta necesidad provocó la búsqueda de esos recursos fuera de las islas británicas, motivando los grandes viajes al extranjero de larga duración con los fines de exploración geográfica y científica, al tiempo que sirvió también para ampliar el naciente imperio británico.

En los veleros que surcaban los mares había botánicos, había biólogos, había científicos, que eran los encargados de estudiar la flora y fauna de aquellos remotos parajes exóticos. En esta época se escribieron numerosos libros y se dieron a conocer estos lugares y especies en simposios y conferencias en la Royal Society de Londres, la institución científica mas prestigiosa de su época en Gran Bretaña.

En estas disertaciones y debates científicos surgió un movimiento que sería con el tiempo conocido como «naturalismo» , los estudios y las investigaciones científicas aumentaron gracias a los viajes de exploración, Generando muy a menudo grandes controversias científicas que pusieron patas arriba todo lo que hasta entonces se consideraba válido, certero e inmutable.

La ciencia por lo general chocaba muy a menudo con los teólogos mas reputados del momento. Para los teólogos acostumbrados a no ser cuestionados, la ciencia era una actividad «peligrosa» y se aprestaron rápidamente a cuestionarla y a declararla como «falsas doctrinas» que animaba a la gente a «jugar a ser Dios«.

Mientras los científicos hablaran sobre plantas y animalitos, todo fue bien, hasta que un naturalista, ya en el siglo XIX, apostara por la brillante idea de hacer un estudio científico sobre el ser humano y la evolución humana, dentro de un estudio mas general, sobre la evolución, o selección natural, de las especies.

Su teoría se formuló, además de en su libro, en una serie de conferencias en los salones de la Royal Society, en las cuales hubo grandes debates y discusiones al respecto. Para Ch. Darwin el ser humano se le consideraba un «animal racional», que no fue creado por el diseño inteligente de Dios; sino que surgió por simple selección natural.

Los naturalistas, al contrario que los teólogos, consideraban que el mundo se regía por las leyes de la naturaleza o Ley Natural. Que las especies evolucionaban teniendo en cuenta muchos factores. En el caso del ser humano la evolución proviene de la capacidad, aptitudes y aportaciones de ellos.

El que mas aporta sobrevive, aquel que no aporta desaparece. Es la «ley de la selva o la ley del mas fuerte». R. Kipling, que también era naturalista o biólogos como A. Huxley, dedicaron sus estudios, sus observaciones y activismo intelectual dejando constancia que las vida debe seguir su curso natural, sin interferencias.

J. Verne era también, pese a su vida urbanita, un amante de la naturaleza. Al contrario que muchos de su época, consideraba que el desarrollo tecnológico no era incompatible con el naturalismo. En «Veinte mil leguas de viaje submarino«, Verne nos mostró como el desarrollo tecnológico podía ser usado también para la exploración científica.

Nemo es el arquetipo de científico que es incomprendido por una sociedad industrializada que sólo busca el beneficio en la producción y que la naturaleza no es mas que un repositorio de recursos naturales útiles y necesarios para la industria. Un científico que decide alejarse de la «civilización» y dejarse llevar, experimentar en su persona, la ley natural.

Sus máquinas, como el submarino y la escafandra (inexistentes aun en la época, solo había unos prototipos aun no funcionales) le servía para adaptarse a la vida acuática. Nemo usaba los recursos naturales de forma racional solo para su supervivencia, y aprovechaba los viajes submarinos para el descubrimiento de ese sexto continente inexplorado que era el océano.

El naturalismo y el darwinismo fueron las primeras manifestaciones humanas por su propia existencia y su rol en el planeta Tierra. El ser humano es un animal mas de la naturaleza y esta, como casa común de todas las especies vivas, debe ser preservada para la supervivencia de la especie humana. El naturalismo abrió camino hacia la conciencia medioambiental, en una época en la que se estaba comenzando a destruir la naturaleza y el medio ambiente en general por la acción humana (primera Revolución Industrial). Pero aun era un movimiento científico e intelectual muy reducido.

El naturalismo humano dio paso al estudio de las sociedades humanas y de las «razas» humanas a principios del siglo XX. Unos científicos consideraban que la evolución de las especies, y por tanto también las humanas, tenían que ver con el hábitat («espacio vital«) en el que se desarrollaban las especies. las condiciones medioambientales de ese hábitat, determinaban la selección natural. Entre los naturalistas aparecieron los geógrafos y los geólogos, así como los primeros climatólogos. La ciencia biológica se fue desarrollando también con el desarrollo del trabajo de los genetistas y antropólogos.

En las escuelas y en universidades comenzaba a abrirse camino una nueva asignatura y con el tiempo una nueva rama del conocimiento, la «Historia Natural«. Al tiempo que se desarrollaba la «Historia Humana«. Muchos científicos consideraban que aunque el ser humano sea un animal, es un animal racional y que por tanto merecía un estudio específico en profundidad al margen de otros estudios sobre la naturaleza. Se planteó el debate sobre la naturaleza del ser humano (Biología), o la interacción del ser humano en la naturaleza (Historia).

A muchos activistas naturalistas le interesaba conocer esa interacción del ser humano en la naturaleza. Muchos comenzaron a pensar que el ser humano por su propia biología era un animal predador, omnívoro, que se situaba muy alto en la escala evolutiva por encima de otras especies, consideradas entonces como inferiores.

Por la ley de selección natural, el ser humano debía de forma natural y conforme a estas aptitudes darwinianas, adueñarse de la naturaleza, dirigirla y disponer a su antojo de ella. Esta idea causó una gran tranquilidad a los partidarios de considerar a la naturaleza como un recurso esencial para sus negocios.

Pero otros pensaron que precisamente por ser una especie muy evolucionada, muy por encima de otras especies, debería usar ese poder para proteger la naturaleza y a los seres inferiores de su desaparición.

Este debate ético sobre como usar el poder que dispone el ser humano en relación con la naturaleza dio lugar a muchas ideas filosóficas y racionalistas acerca de la relación entre el «hombre y la bestia«. Entre la «civilización y el mundo salvaje«.

En los años veinte del siglo XX, Arthur Evans, excavador de las ruinas del palacio Cnosos en Heraclión (Isla de Creta), perteneciente a la cultura minoica, sacó a la luz una serie de murales representativos de uno de los cultos al toro de esa cultura antigua. Ello le llevó a pensar en el mito griego del «Minotauro«.

El Minotauro era un ser mitológico mitad humano, mitad bestia, que estaba encerrado en el palacio del Rey Minos (para A. Evans era el palacio de Cnosos) en un laberinto subterráneo. Para alimentarlo se sacrificaban a hombres y mujeres. Todo ello dentro de los cultos mistéricos que existieron en la antigüedad por todo el Mediterráneo.

En la primer tercio del siglo XX, ese mito cobró importancia en la erudición científica entrando como ejemplo en el debate científico. Las conferencias y los simposios eran muy habituales y acudían muchos científicos a ellos, por lo que el orador se trabajaba bien el discurso antes de exponerlo. Hubo grandes oradores en aquella época.

Pero también en la sociedad e incluso en la política, muchos de forma acientífica trataban de ver el mito en referencia a la identidad cultural, en base a si un país desarrollado y por tanto «racional y civilizado» debe imponerse por «selección natural» a otro país subdesarrollado, en esencia, para ellos, «asilvestrado o salvaje«. El darwinismo científico, paso a crear el darwinismo social y político.

En la época comenzaba a ponerse en cuestión los roles sociales decimonónicos que se debatían entre el «ser» y «el deber ser«, ¿Somos un animal o somos una bestia? Muchos llegaban a la conclusión que a veces el ser humano era racional y civilizado; pero a menudo dejaba salir al animal salvaje que llevaba dentro. Por tanto el ser humano podía ser constructor y también destructor de la naturaleza.

En España se puso de moda el toreo precisamente en esta época, había clubs de fans de toreros y la gente acudía a ver espectáculos taurinos en las muchas plazas de toros repartidas por toda la geografía, incluso personas consideradas de «izquierdas» solían ser aficionadas a estos espectáculos.

Ellos consideraban el toreo en clave simbólica. Aún no habían asumido del todo su «deber ser» hacia la protección de la fauna. Un ejemplo de este simbolismo se puede apreciar con detalle en la serie de grabados de tauromaquia (entre los que trata también el mito del Minotauro), cerámicas y hasta en el «Guernica» de Pablo Picasso se puede apreciar.

También se veía el mito del minotauro en esta época en clave sexual. En este arranque del siglo XX comenzó el activismo sexual. Hombres racionales, civilizados de día; que al llegar la noche, se convertía en un animal salvaje e irracional.

En el activismo naturalista y darwiniano de la época, se buscaba la parte racional y civilizada del ser humano, que al «ser» el animal «mas perfecto y mas evolucionado» de la naturaleza tenía derecho a «domar» a la naturaleza salvaje. Pero su racionalidad también le llevaba («deber ser«) a tener que preservar la especie humana y su hábitat, la naturaleza en la que se inserta.

Como ser racional y civilizado podía aceptar despojar de sus hábitats a la fauna y flora de ese lugar, para crear un hogar para la humanidad. En cierta forma era un modelo social aplicado a la naturaleza, los mas fuertes tienen el poder y los privilegios, los mas débiles han de aguantarse y carecer de derechos (muy a tono con la sociedad burguesa-liberal de la época). La selección natural había, en su ideario, dado el poder al ser humano, el resto de especies deberían aceptarlo y no contradecir esa selección natural darwiniana. Solo el mas fuerte sobrevive, el débil se extingue.

Frente a los partidarios de la Ley de Selección Natural darwiniana, aparecieron otros activistas que consideraban un «deber» humano proteger la naturaleza, la «casa común de todas las especies«. A tal fin se propusieron conservar y contribuir al desarrollo natural de las especies desde un punto de vista científico no invasivo. No siempre lo lograron a causa de las muchas contradicciones éticas con las que se encontraron.

Aparecieron en escena los «conservacionistas«, que podría decirse que fueron el primer «activismo ecológico». Al contrarios que los partidarios de la racionalidad civilizadora de las especies, apareció el comunitarismo natural.

El ser humano es un animal y por tanto forma parte de la naturaleza por su propio ser biológico. Ni es el mas perfecto, ni es el mas evolucionado. Por tanto los conservacionistas pretendían regresar a los orígenes, a una paradisiaca e idealizada humanidad que vivía plenamente y en armonía con la naturaleza de la que formaba parte.

Los conservacionistas ya de mediados del siglo XX, se decantaron pronto por el medio natural, el estudio de los hábitats, el estudio del clima, de los recursos naturales, que en cierta manera actuaban dentro de la selección natural como adaptaciones de las especies en su evolución. Consideraban que el ser humano a lo largo de su historia primigenia (V. Gordon Childe, «los orígenes de la Civilización» , 1936) se había adaptado como cualquier otro animal a su entorno.

Afirmaba este historiador darwinista, que «la herencia social del hombre es una tradición que él empieza a adquirir sólo después de que ha surgido del seno de su madre. Las modificaciones a la cultura y a la tradición, pueden ser iniciadas, controladas o retardadas por la opción consciente y deliberada de sus autores y ejecutores humanos».

Los conservacionistas cambiaron el paradigma del «ser» humano. Y crearon a nivel de formación científica, la ciencia biológica en contraposición a las ciencias humanas. Los biólogos solo veían animales y plantas, los humanistas, al ser humano como una especie con tratamiento diferenciado.

Los conservacionistas biológicos se decantaron por crear reservas medioambientales, que en principio fueron muy rudimentarias, los conocidos como «zoológicos«, los cuales requirieron la captura de animales y la extracción de los mismos de sus hábitats naturales. Un mal menor que se justificaba por la ciencia, por el conocimiento de las especies. Era su «deber» «proteger» a las especies y en consecuencia «salvarlas» de la civilización.

Los conservacionistas humanistas se decantaron por observar la naturaleza en su entorno natural, consideraban que estudiar las especies en su medio natural podía generar mas conocimientos sobre ellas y también sobre el entorno natural humano y como el ser humano se había adaptado en cada momento de la evolución humana. Si se extraían las especies de su entorno, se destruían los hábitats y al dejar de existir ese hábitat, la especie podría extinguirse si no se adaptaba a un nuevo medio.

Desde el principio del ecologismo hubo discrepancias entre científicos y humanistas. Entre la historia natural y la historia humana. Grandes batallas que eclosionaron en el movimiento ecologista surgido tras la segunda guerra mundial. La guerra había causado una gran destrucción , no solo de seres humanos; sino también de muchos entornos naturales.

La humanidad había causado una destrucción de la naturaleza sin precedentes. Había primado el lado animal y salvaje, sobre la racionalidad y la civilización.

El movimiento naturalista darwinista había creado monstruos como Hitler o como Stalin, quienes exhibieron el poder superior de la «raza» humana» en toda su magnitud, mas el primero que el segundo. Hitler convirtió al ser humano en el destructor de la propia humanidad a nivel industrial. «El hombre es un lobo para el hombre«. La ley del mas fuerte, la ley de la selva en toda su crudeza.

EL movimiento conservacionista salió reforzado con el desarrollo en los años cincuenta del siglo XX de las ciencias sociales, dentro de unas renovadas ciencias humanas o humanidades. Para ellos el ser humano «debía» proteger al ser humano de su lado animal y salvaje. Debía trabajar por devolver a la naturaleza lo que le debe o compensarla de alguna manera.

En los sesenta aparecieron los primeros movimientos ecologistas que propugnaban un regreso a la naturaleza, centrados en la alimentación sana, el ejercicio físico, la estabilidad emocional, el pacifismo … y a desarrollar el activismo político mediante acciones directas, para condenar la contaminación y destrucción de los hábitats naturales.

El ecologismo político rechazó el darwinismo al considerar que el ser humano no solo formaba parte de la naturaleza; sino que debía restaurar la naturaleza, no adueñarse de ella, ni de dirigirla.

A partir de los años setenta del siglo pasado comenzaron a estudiarse las causas que generaban destrucción de entornos naturales, tanto humanas como naturales. Comenzaron a a parecer leyes restrictivas de determinadas actividades humanas, leyes que buscaban acabar con la contaminación, denuncias y sentencias de infracciones…

El activismo comenzó a organizarse en plataformas, organizaciones, asociaciones de todo tipo que trataban de forma desorganizada de buscar restaurar la naturaleza y enseñar a la humanidad que es su deber proteger a las especies, incluida la humana.

Todo ello ha desembocado en el derecho medioambiental internacional, en cumbres internacionales, en acciones a nivel global y a nivel local. La conciencia medioambiental hoy es un gran valor a escala global.

Pero como ocurría en el siglo XIX, aun hay quien considera que el ser humano es el dueño del planeta y que puede hacer lo que de la real gana con el, sin consideraciones éticas o metafísicas existencialista de la humanidad.

En la novela «I, Robot» de Sir Isaac Asimov, el cerebro positrónico de la empresa controladora de gran parte de la vida humana en el planeta Tierra en un futuro imperfecto de los años cincuenta del siglo pasado, afirmaba que para salvar a la humanidad era necesario destruir la humanidad, puesto que la humanidad tiene la capacidad de destruir a la humanidad. Eliminando al humano, se salva a la humanidad.

En los sesenta y setenta del pasado siglo se hicieron muchas adaptaciones cinematográficas de novelas que imaginaban como sería el futuro de la humanidad. una de las mas logradas fue la adaptación de la novela de Pierre Boulle, el Planeta de los Simios (1963, llevada al cine en 1968), en el que los simios se adueñan del planeta y tratan a los humanos como los humanos trataban a los animales en el siglo XX. Los encierran en zoológicos, experimentan con ellos, los diseccionan, y los esclavizan. Sin duda la mejor visión del ecologismo de aquellos años.

Si el ser humano fuera o llegara a ser considerado un ser inferior a los simios, podría entender mejor lo que sufren los animales en los zoológicos, en los laboratorios, en las sociedades donde se usan animales para obtener beneficios sin importar el trato que reciben. Fue impactante porque levantó muchos prejuicios acerca del mundo animal en relación con el ser humano.

De los zoológicos se pasaron a crear reservas naturales y redes de espacios naturales protegidos (parques naturales y parques nacionales). En los laboratorios se incluyeron cuestiones éticas en el trato a dar los animales y en caso de tener que matarlos, que estos tuvieran una muerte digna, al igual que ocurriría con los mataderos cárnicos.

A partir de los 90 del pasado siglo se dio un paso mas en el desarrollo del derecho medioambiental internacional y nacionales, incluyendo el derecho aplicable a los animales. El Derecho, que siempre había estado aplicado al ser humano y a las sociedades; ahora se expande hacia el mundo animal.

Aun hoy sigue habiendo debates, discusiones, controversias, conflictos sobre como debe actuar el ser humano en el planeta y en los planetas que visite en el futuro. El ser humano puede destruir a la humanidad y el entorno natural, tiene efectivamente la capacidad para hacerlo. Pero también tiene la opción de proteger a la humanidad y el entorno natural.

La cuestión es ¿construir o destruir? que cada cual decida su próximo paso.

Para finalizar un extracto del que se considera el manifiesto fundacional del activismo ecológico:

«¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podríais comprarlos a nosotros? Lo decimos oportunamente. Habéis de saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja.» (Gran Jefe Seattle, 1854)

(FTE. El primer manifiesto del ecologismo | Perseo – PUDH UNAM )


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