Eretz Yisra’el (Génesis 15:18-21)

El sueño de los sionistas… la pesadilla de los antisionistas.

Tras la caída de los reinos de Israel y Judá ante el poderoso Imperio Romano, los exiliados se fueron asentando por Europa, Asia y África, quedaron también en la zona judíos que aceptaron someterse o rendirse al poderoso Imperio Romano.

A este proceso la comunidad judía mundial la denomina «la Diáspora«. Un proceso que según el movimiento sionista (fundado en 1900 en Budapest) finalizó en 1948 con la creación del moderno Estado de Israel. Pese a ello, hoy muchos judíos consideran que aun permanecen en la diáspora y anhelan regresar a la tierra ancestral de sus antepasados.

Ellos denominan a esta tierra como Eretz Yisra’el, la «tierra de Israel«, que para ellos equivale a la «Tierra prometida por Javeh«, por tanto consideran la vuelta a Israel como un deseo divino y los promotores del «Sionismo» como los enviados elegidos por Javeh para lograr ese objetivo y restaurar Israel como entidad política-religiosa, deseada y querida por Javeh.

Esa tierra prometida según el Génesis, tenía el río Orontes por el norte, el Éufrates por el este y el Nilo por el sur. Este territorio actualmente forma parte de los actuales estados de Siria, Líbano, Jordania, Irak, Kuwait, Arabia Saudí, Egipto, además del actual estado de Israel y del Estado de Palestina.

Evidentemente la ambición sionista de recuperar el antiguo territorio que ocupaban los reinos antiguos de Israel y Judá choca de lleno con el actual derecho internacional. Pero además también choca con la división acordada en 1922 y en 1947 para crear dos estados en esa zona: Israel y Transjordania (desde 1967 Palestina).

Tras la revolución francesa y sobre todo tras la era napoleónica, surgieron nuevos países en toda Europa, países con sistemas de gobierno liberales e ideologías fuertemente nacionalistas, muy propias del romanticismo.

Para los nacionalistas de esta época dos aspectos eran clave para definir las identidades nacionales: la «raza» y la religión. En varios países de Europa había grandes comunidades judías que en ocasiones estaban integradas en las sociedades y en otras se mantenían al margen o incluso eran perseguidas. La hegemonía cristiana «de raza blanca«, se mostraba a veces contraria a la presencia de otras razas y otras religiones, consideraban que su presencia era una forma de contaminar la identidad y la cultura autóctona «nacional«.

En Europa occidental predominaban los judíos llamados Sefarditas, muchos de ellos fruto de otra diáspora, la producida en los siglos XV y XVI a partir de la expulsión de Castilla y de la represión Aragonesa, en la península Ibérica (o Sepharad), la expansión colonial europea occidental hacia América, provocó que muchos judíos sefarditas emigraran hacia América y se asentaran allí, también lo hicieron hacia el norte de África.

Estas comunidades estaban integradas en la sociedad , mayoritariamente de clase media y clase media-alta a principios del siglo XX. Con vínculos en la política y en las finanzas. Eran personas acomodadas, con un alto nivel de vida y en general no eran objeto de rechazo, salvo en aquellos lugares donde el nacionalismo estaba en boga, como Alemania (occidental), Francia (Caso Dreyfuss) o Italia. También en el Imperio austrohúngaro, sobre todo en el territorio del Reino de Hungría, donde el nacionalismo era muy fuerte.

En Europa oriental, básicamente estaban expandidos por las actuales Alemania (oriental), Polonia, Bielorrusia, Ucrania, Rumanía, Moldavia y sobre todo en la Rusia europea y en el Cáucaso, Todos ellos formando parte del imperio Ruso. A estos se les llamó Askenazis en contraposición a los Sefardíes. La vida en las comunidades judías del Imperio Ruso era totalmente diferentes a la europeo occidentales. Allí primaba la pobreza, la exclusión y la marginación en las comunidades judías. La represión en forma de Pogromos, o comunidades obligadas a desplazarse a la inhóspita e inhabitable por entonces región de Siberia.

En Oriente medio y África existió un tercer grupo de la diáspora, los Mizrajíes quienes optaron por integrarse en las distintas entidades políticas de la región y culturas dominantes.

En todas estas comunidades el judaísmo fue evolucionando en el lenguaje, cultura, rituales, organización interna… Por ejemplo los sefardíes mantenían una buena relación con los árabes del Magreb, al igual que los Mizrajíes con los árabes de Arabia y de la región. En cambio los Askenazis apostaron por un nacionalismo político-religioso muy riguroso.

Cuando en 1947 se estaba debatiendo en la recién creada ONU la partición de Palestina y antes de autorizar la creación del Estado de Israel y del Reino de la Transjordania, sobre el territorio del antiguo Mandato Británico sobre Palestina (1919-1948). Los judíos de toda Europa que habían sido víctimas del gran «Holocausto» perpetrado de forma sanguinaria por la crueldad a escala industrial del Tercer Reich alemán, reclamaron su deseo de regresar a su tierra ancestral poniendo fin a la diáspora judía.

En este punto tanto EEUU como Gran Bretaña, tuvieron que poner de acuerdo a varias organizaciones internacionales judías sobre como tendría que hacerse ese «regreso a Sion» que tanto anhelaban los judíos. No existía una que representara a todos los judíos y no todos los judíos estaban dispuestos a irse a Israel. Surgió así la «cuestión judía«.

Los Askenazis alemanes trataron de controlar el movimiento nacionalista judío en la creencia que si los alemanes no los quieren, lo mejor era regresar a la tierra ancestral de sus antepasados, una tierra prometida por dios a los hebreos. Los Askenazis rusos eran mayoritariamente entusiastas del movimiento sionista internacional que había puesto en marcha el austrohúngaro Theodor Herlz.

Sin embargo la mayoría de los sefarditas occidentales se sentían cómodos en la tierra donde habían nacido, trabajado y establecido su hogar. No estaban tan interesados en volver a Sion, salvo por vacaciones.

Por otro lado esto se estaba debatiendo en medio de las cuestiones generales que estaban enfrentando al bloque occidental (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia), con el bloque oriental (URSS). Por lo que eso también influyó en las disputas entre Sefarditas y Askenazis. Sobre el terreno los Mizrajíes que se llevaban bien con musulmanes y cristianos, trataban de evitar que los británicos les abandonasen. Ellos no deseaban que aquel equilibrio cultural y religioso conseguido durante mas de un milenio, se rompiera con la llegada masiva y sin control de extranjeros.

Estos movimientos político-religiosos generaron desconfianzas, generaron revueltas y desórdenes, generaron racismo, xenofobia y fanatismo religioso no solo en Europa, Rusia o África, sino también en Oriente Medio. El estallido de la primera guerra árabe-israelí de 1948 fue consecuencia de una partición mal ejecutada desde el principio y de un sistema descolonizador mal desarrollado. El caos se impuso en la región. Las guerras habidas desde entonces y los conflictos secundarios surgidos del conflicto general no han hecho mas que avivar el odio, la violencia, el fanatismo, el extremismo, la radicalidad, etc… etc…

El sionismo originario que era mas un anhelo identitario nacionalista cultural que otra cosa, basado en las escrituras sagradas judías, pero contaminada por la política de los países de acogida de la diáspora; se había convertido en lo que es hoy, en una ideología que impide cualquier acuerdo que signifique aceptar las reglas del juego internacionales.

Ellos aun sueñan con el Eretz Yisra’el por medio de la fuerza. Creen tener a Dios mismo de su lado y consideran que al ser el pueblo elegido y la tierra un regalo divino, no hay ley humana que pueda impedirlo. Por ello continuamente desprecian a la ONU y también al derecho internacional.

Pero hay que tener en cuenta que no todos los hebreos son judíos, no todos los judíos son hebreos, no todos los sionistas son judíos, no todos los judíos son sionistas.


A menudo y de forma errónea, a los que siguen la línea marcada por las autoridades israelíes en su política relacionada con el mundo árabe y en especial con el pueblo palestino, se les suele denominar «antisemitas«. En realidad son «antisionistas«, es decir, contrarios al movimiento sionista internacional. No son ni anti judíos, ni anti Israelíes, sino contrarios a esa ideología nacionalista en concreto.

El semita era un pueblo que se menciona en la Torah y en la Biblia, que corresponde hoy a los hebreos, a los árabes, a los europeos en general, a parte de los africanos y algunos asiáticos de la región que no son árabes. Por tanto los palestinos (árabes) son también un pueblo semita, por tanto los antisionistas, que defienden el derecho de Palestina a existir, no son antisemitas o entrarían directamente en contradicción.

La propaganda de guerra hoy es atroz, como lo fue en el pasado. El sionismo aupado en el actual gobierno de Israel con una destacada representación, está actuando de forma agresiva en la resolución de conflictos que se enmarcan en el conflicto general de Oriente Próximo. Los sionistas quieren redibujar el mapa de Oriente Próximo y en erigirse en la gran potencia de la región, desafiando con ello a Irán, la principal potencia en la actualidad de la región y en menor medida a Arabia Saudí.

Como se puede apreciar, el desprecio al derecho internacional y en especial al derecho internacional humanitario, es terrorífico. Para ellos el fin no justifica los medios. Ponen en cuestión el orden mundial basado en reglas. El desprecio de la ONU es clave para entender lo que los sionistas son capaces de hacer.


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