Sic Semper Tyrannis

El concepto de dictadura a lo largo de la Historia Contemporánea de Europa.

En la actualidad los viejos conceptos políticos están perdiendo su significado original. Se confunde muy a menudo, en esta era de la desinformación y el bulo, la dictadura con la democracia y viceversa. Generando confusión y reacciones de todo tipo hasta el punto que es difícil hoy diferenciar la dictadura de una democracia.

En origen, la dictadura es una forma de gobernar caracterizada por la existencia de un único gobernante, es decir, es una Autocracia. El dictador o autócrata concentra en su persona todos los poderes del estado, disfruta de una autoridad suprema indiscutible.

En ese sentido las antiguas monarquías absolutas podrían ser consideradas también como autocracias; sin embargo el dictador no está en el cargo por simple sucesión dinástica (como ocurría con las monarquías autocráticas o absolutas hereditarias), sino que lo está por propia afirmación personal.

Es decir el dictador no nace en una dinastía de dictadores, sino que surge por decisión propia o por decisión de un colectivo que lo reverencia como un gran líder carismático y/o mesiánico. El dictador siempre está por encima de la Ley, de la costumbre, del bien y del mal. Es la encarnación del poder supremo.

Por tanto en este artículo sólo me referiré a regímenes gobernados por autocracias que no están regidas por un monarca hereditario (salvo algunas excepciones).

Siglo XVIII

Todo buen monarca absoluto y de derecho divino tenía el deber de mantener, defender y proteger a sus súbditos. En el siglo XVIII los monarcas se consideraban así mismos como «padres de la patria«. Es decir, los monarcas ejercían simbólicamente de padres para el pueblo. Por lo que su autoridad (autorictas) para con sus súbditos (En el papel de hijos) era infalible e incuestionable.

En esta relación paternofilial, los padres mandaban y los hijos debían obedecer. Cualquier rebeldía o desobediencia era motivo suficiente para aplicar un correctivo o castigo severo. Las vidas de los súbditos estaban sujetas a la libre voluntad, a veces caprichosa, del monarca. La vida era muy dura para los súbditos en aquella época, carecían de libertades y de derechos.

El poder del monarca absoluto (Podestas) provenía, directamente de Dios, la mayoría de monarcas eran ungidos con el óleo sagrado , lo que le convertía en un representante terrenal de Dios. Su figura era sagrada y en consecuencia debía ser venerado como tal.

Tras las reformas religiosas de los siglos anteriores, en el siglo XVIII los monarcas consideraban que se debían separar los asuntos divinos de los mundanos.

En cierta forma vemos como en este siglo los monarcas comenzaron a distanciarse de las iglesias tanto católica (hegemónica en el Mediterráneo occidental), como de las reformadas (centro y norte de Europa). Al considerarse mediante la unción, bendecidos por Dios, consideraban que no necesitaban los servicios políticos de las iglesias (teóricas representantes del mundo celestial). Los monarcas cada vez concentraban en su persona mas poder (Regalismo y absolutismo monárquico).

La expansión territorial y la conformación de los grandes imperios coloniales europeos en el siglo XVIII estaba en su cenit. Gran Bretaña, Alemania (Sacro Imperio Romano Germánico), España o Portugal seguían siendo los grandes imperios mundiales. Las relaciones entre sus soberanos era de franca competencia económica, disputas territoriales y de hegemonía política. Mantenían un sistema de equilibrio que a veces se rompía provocando guerras y conflictos de todo tipo.

En el siglo XVIII hubo varias guerras: Gran Guerra del Norte (o Guerras ruso-suecas), Guerra de la sucesión española (o guerra de la segunda coalición); la de la sucesión austriaca; la de sucesión polaca y finalmente la revolución francesa.

Dado que la economía era agropecuaria, las inclemencias del clima o los grandes desastres naturales podían arruinar durante mucho tiempo las cosechas, provocando el desabastecimiento de los mercados y provocando hambrunas, enfermedades y conflictos sociales.

Algunas hipótesis apuntan a que como consecuencia de los desastres naturales como terremotos, tsunamis y erupciones de volcanes; así como el breve cambio climático en Europa acaecido y registrado, durante el siglo XVIII y XIX, están detrás de las grandes revoluciones y guerras del continente. El hambre genera descontento y el descontento lleva a la indignación y a la ira, la ira provoca la violencia.

Dado que todas las monarquías absolutas eran autocráticas, podríamos decir que todos los monarcas de aquel siglo eran dictadores. Sin embargo sería erróneo calificarlos de ese modo, dado que era el régimen político habitual en ese siglo.

Además de monarquías existían otros regímenes como las repúblicas marítimas italianas, siendo Venecia y Génova las mas importantes de la península. Venecia era la puerta de entrada del comercio oriental hacia Europa. Génova era un centro financiero internacional y puerta de entrada hacia Flandes por el llamado «camino español» que existía, en lo que hoy es la frontera franco – alemana. En estas repúblicas los presidentes de las mismas copiaban el sistema dinástico hereditario entre las grandes familias mercantiles locales, para sucederse en la cúpula. Por lo que gobernaban de forma absolutista.

En el este europeo entre el Imperio Ruso y el Sacro Imperio Romano Germánico existió entre 1569 y 1795 un estado: República de las Dos Naciones (o Mancomunidad polaco-lituana) que limitaba al norte con el Mar Báltico y al sur con el Mar Negro y el Mar Caspio, englobando a los actuales estados de : Polonia, Lituania, Estonia, Letonia, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia.

Aunque se le conocía como República o Mancomunidad de estados, para la mejor gestión administrativa y económica (germen del federalismo), en realidad era una monarquía electiva dominada por los soberanos del reino de Polonia, en alianza con los grandes duques de Lituania.

Era un estado multiétnico y aunque la religión católica era oficial, se permitían otros cultos (Iglesias reformadas, Iglesias ortodoxas) para evitar conflictos. Uno de esos pueblos eran los Cosacos de lo que hoy es Ucrania, un pueblo seminómada caracterizado por su destreza a lomos de un caballo en las guerras y regidos por un sistema tribal propio. Aunque sus atamanes (Líderes) habían aceptado la soberanía polaca, siempre hubo un espíritu de independencia.

En 1648 se produjo la gran Rebelión de los Cosacos, liderados por un señor de la guerra llamado Bogdán Jmelnitski, quien tras derrotar a las fuerzas polacas, se proclama Atamán de los Cosacos, proclamando el «Hetmanato«. Este régimen surge manu militari y rompe con sus vínculos con el estado del que formaba parte, para crear un nuevo estado con un nuevo régimen.

Por lo que sus gobernantes son estrictamente autócratas no monárquicos y por tanto pueden ser considerados «dictadores» en sentido estricto. En este caso, bajo un severo régimen militar y un sistema de sucesión en la cúpula, de tipo electivo.

En 1721 al finalizar la Gran Guerra del Norte en la que Polonia estaba implicada, el territorio del Hetmanato pasó a depender de la corona rusa como un territorio vasallo; para finalmente ser anexado al Imperio Ruso. El Hetmanato de Ucrania fue el primer gran régimen dictatorial europeo del siglo XVIII.

En Francia durante el siglo XVIII padece hambrunas periódicas coincidentes con las malas cosechas y el desabastecimiento de los mercados. La Lujosa Corte de Versalles del rey Luis XIV acapara gran parte de los recursos del estado destinado al tercer estado. La economía del país estaba al borde de la bancarrota y la presión fiscal (sobre el tercer estado, el único con obligaciones fiscales en esta época) era tal que se convirtió en un gran problema de estado para los secretarios reales y el gobierno del reino.

Luis XIV es el claro ejemplo de monarca absoluto, autócrata, déspota y teócrata, en el que muchos soberanos de aquella época se fijaban. Luis XIV consideraba que el pueblo debía obedecer a su amo y señor. El consideraba que el pueblo no tenía derecho a cuestionar sus órdenes y que por tanto debía padecer a modo de castigo paternofilial. Las cárceles francesas estaban llenas de indigentes y de enfermos.

Para los habitantes de París, Lyon o Marsella, por citar tres de las grandes ciudades francesas, el rey no cumplía con sus obligaciones feudales de mantener, defender y proteger a los súbditos. La falta de alimentos y de recursos esenciales para la vida cotidiana, provocada oleadas de indignación y de levantamientos contra la autoridad real o sus representantes (nobles cortesanos y autoridades eclesiales). Oleadas que eran duramente reprimidas por las fuerzas del orden público (Ejército en esa época).

Algunos historiadores y sociólogos plantean que quizás ese abandono de deberes, esa inhibición ante los problemas de la gente, esa represión como forma de acallar las voces discordantes, fue la base del ideal revolucionario organizado sustentado en una nueva ideología: la ilustración.

Los ilustrados eran intelectuales que pertenecían principalmente al estamento noble o al eclesiástico, aunque también los hubo en el tercer estado entre las autoridades locales, cuyo cometido era buscar un nuevo régimen sustitutivo del absolutismo monárquico, pero sin eliminar la figura sagrada del monarca.

La ilustración (o iluminación en otros países) era una evolución del humanismo del XVI y del cartesianismo del XVII. Los intelectuales consideraban que la religión entorpecía el desarrollo de las ciencias y humanidades con sus prevenciones, prohibiciones y sus anatemas.

Por lo que, desde el ámbito privado, se investigaba, se estudiaba y se debatía sobre todos los campos del saber, incluido el derecho y la teología. Se consideraban «polímatas». Durante el siglo XVIII surgieron en Europa infinidad de Academias patrocinadas por los propios monarcas o por nobles acaudalados para la promoción de las ciencias, las artes, las humanidades e incluso el «buen gusto«.

Sin duda la Academia de Ciencias de Estocolmo, la Academia de Ciencias de Moscú y la Royal Society de Londres, fueron las mas destacadas de todos. De sus salones surgieron infinidad de genios, artistas, científicos, exploradores,… que innovaron con sus descubrimientos y nueva creación. Las conferencias, los viajes y los debates, así como sus obras escritas, fueron sus principales cometidos intelectuales.

Muchas de las hipótesis y tesis de estos genios chocaban con la implacable Inquisición católica y con los teólogos reformistas mas conservadores. Se puso en cuestión muchas cosas que antes se consideraban inmutables, entre ellas la propia cuestión sobre la existencia de Dios o de toda su obra creadora.

El naturalismo darwinista marcó una senda de «divorcio» entre las ciencias y la religión; entre la fe y la razón, que duró hasta bien entrado el siglo XX. Voltaire consideraba que había que actuar «como si Dios no existiese«. Este fenómeno dio paso al Laicismo característico de Francia.

En el campo político, los ilustrados no querían un régimen en el que el rey no fuera la cabeza; lo que deseaban era que el rey cumpliese y atendiese sus obligaciones paternofiliales con sus súbditos. Pero también tuvieron la precaución de limitar el poder del rey, para evitar un excesivo despotismo. Ellos proponían monarquías absolutas ilustradas en las que ya no debía regirse por la ley divina; sino por la jurisdicción civil.

Jean – Jacques Rousseau consideraba que había que hacer un «contrato social» entre el gobernante y el gobernado. Esta idea surgió a partir de sus estudios sobre los mejores métodos a aplicar en el ámbito de la enseñanza básica ( «El Emilio»).

El Barón de Montesquieu propuso que hubiera separación de poderes en la gobernanza del estado: Ejecutivo (Autorictas), Legislativo (Imperium), Judicial (Podestas) incorporando un nuevo significado al concepto de «Justicia«, no tanto como un severo sistema de aplicación de correctivos y castigos; sino en el sentido de promover la idea de «hacer lo que es debido«, lo que lleva necesariamente hacia la promoción del bienestar, la libertad y la virtud. Cada individuo debía hacer lo que tenía que hacer, incluido el monarca, los nobles, los militares y los eclesiásticos. Evidentemente esto llevó a establecer límites y reglas básicas comunes («constitucionalismo«).

Las ideas que plantearon los ilustrados tuvieron difusión y atractivo en la corte, pero no en la calle. Ellos querían ayudar a la gente, con reformas de gran calado para fortalecer la economía y para evitar conflictos. Por ello tuvieron también la precaución de frenar cualquier intento de revolución antimonárquica, popular no tutelada por personas ilustradas o «de orden«.

En el fondo la idea era mantener el sistema, pero con reformas sociales. La idea del rey padre de la patria, generoso y bondadoso, «lento a la ira y rico en misericordia» era atractiva para los ilustrados, porque en el imaginario de la época, se consideraba que era el rey el que no había cumplido con su parte del trato. Pero si este se reformaba y reanudaba sus obligaciones, no había ningún problema en mantenerlo. La voluntad del rey debía limitarse a sus obligaciones como Señor feudal y no generar una situación de descontento entre la población.

A nivel de calle el imaginario del tercer estado se desbordaba, muchos de los que sabían leer y escribir trataron de adaptar las ideas políticas de la ilustración a su propia situación jurídica y condiciones de vida. Consideraban que mantener a un rey todopoderoso, con poder supremo sobre la vida o la muerte de cualquier súbdito, no era bueno para los del estamento. No había nada, ni nadie que pudiera actuar sobre el monarca, sólo Dios. El rey seguía siendo una figura sagrada e intocable.

Consideraban que los nobles y eclesiásticos de la corte estaban corrompidos y no ponían límites al rey porque les iba el cargo en ello. Un noble podía pasar de ser un gran estadista un día, y al siguiente, dormir bajo un puente sin propiedades, sin títulos y sin riqueza alguna. También ellos dependían de la voluntad del monarca.

Esa continuidad de la dependencia estamental, feudo-vasallatica, hizo desconfiar a los intelectuales del tercer estado, quienes consideraban que el Pueblo debía primero ser libre, después tener derechos y finalmente ser tenidos en cuenta en la toma de decisiones.

Estos intelectuales consideraban que la ilustración estaba inconclusa y difícilmente era aplicable al pueblo. Mientras la nobleza y el clero siguieran siendo los únicos con derechos a dirigir el país, el pueblo siempre saldría perdiendo. Si los nobles y el clero no hacían lo que tenían que hacer, no habría tampoco justicia y por lo tanto no beneficiaba en nada al pueblo.

De estas ideas surgieron las ideas revolucionarias populares que encontraron eco en la nobleza local, el clero regular y oficiales del ejército. Estas ideas ilustradas y revolucionarias dieron con el tiempo paso a la Revolución Francesa de 1789.

Una revolución que ejecutó a su rey y proclamó la primera república. En el proceso revolucionario se vio como las ideas ilustradas y las revolucionarias, generaron las primeras ideologías contemporáneas.

Por un lado estaban los absolutistas ilustrados agrupados en torno al partido de la Gironda (o «girondinos«), estaban los revolucionarios ilustrados en torno al Partido Jacobino, y en los extremos estaban los mas radicales conocidos como «Montagnars» (Montañeses) y los «negros«.

Maximilien Robespierre, uno de los líderes de los Jacobinos , revolucionario ilustrado, consideraba que la clase política que lideraba la república no estaba haciendo lo que tenía que hacer, que se había corrompido y que aquella revolución había fracasado.

En esta idea consideraba que el salvaría a la patria de sí misma, asumiendo el poder de manera curiosamente absolutista y rigorista, imponiendo el «comité de Salvación Pública» que daba a Robespierre todo el poder para actuar casi sin límites. El consideraba que la amenaza exterior y la interior por parte de los monárquicos y absolutistas exigían leyes mas restrictivas, leyes mas contundentes contra los «Traidores a la patria«, y en consecuencia era «justo» acabar con todos ellos sin importar los medios.

Robespierre es otro de los personajes que pueden considerarse propiamente como «dictador» según se ha definido más arriba. Robespierre se arrogó el derecho a salvar por cualquier medio a los ciudadanos. Es también un ejemplo de modalidad de dictadura bajo un régimen civil de terror (o «caza de brujas«). La guillotina de Monsieur Guillotín, tuvo mucho trabajo durante el mandato de Robespierre.

Su poder era tal que asustó a los sectores mas conservadores y con ayuda del ejército, se produjo un golpe de estado, en el que Robespierre fue detenido y guillotinado en París. El Comité de Salvación Pública fue disuelto y en su lugar se instauró el Directorio civil en 1795, bajo la protección del ejército. El ejercito quedó como garante de las leyes de la república, de su constitución y de la defensa del pueblo.

En 1799 tras una brillante carrera militar jalonada de muchos éxitos para Francia en las guerras europeas y en África, el general Napoleón Bonaparte, considerado «Héroe de la patria» y de origen corso, es nombrado primer cónsul de la república. Desde ese puesto obtuvo también mucho poder que progresivamente fue acumulando, de primer cónsul, pasó a cónsul vitalicio.

Pero para evitar los excesos y como militar comprometido con la defensa del pueblo y orden constitucional republicano, decidió actuar como líder reformista, incorporando novedades como los códigos civil y penal, reglas escritas mas claras para que los jueces pudieran aplicar la ley como debían.

Su forma despótica de gobierno era bien vista por el pueblo hasta tal punto que muchos creían que Napoleón era verdaderamente un enviado por Dios -tras los excesos de los primeros años, la república restauró la relación con la Iglesia Católica (Concordato de 1801) y mantuvo un régimen de relativa tolerancia religiosa – para salvar a los franceses de las amenazas exteriores e interiores. Esta forma de gobierno áulico, mesiánico y cuasi sagrado, se le conoce como «bonapartismo«.

En 1804 convoca un plebiscito para que los franceses decidieran si querían mantener la república o restaurar la monarquía. Los franceses mayoritariamente eligieron a Napoleón como su nuevo monarca, pero con ciertas condiciones que incluían el respeto a los ideales ilustrados y revolucionarios. En ese año se convirtió en el emperador Napoleón I «de los Franceses» , primer monarca «plebeyo» de Europa.

Durante todo su mandato (1799-1815) sus despóticas e imperiales formas de gobernar y de regir los destinos de los franceses se asimilan a las de un dictador tipo según la estándares que tenemos como referencia en este artículo. Este dictador ha sido la principal referencia para la formación de dictaduras y regímenes autocráticos posteriores.

Napoleón I introdujo la idea de «Grandeur» , la idea de volver a hacer grande a Francia con la construcción de un gran Imperio. Consideraba que la revolución había acabado con el sistema del «Antiguo Régimen«, pero había convertido a Francia en una pequeña potencia en el ámbito europeo, dejándola en situación de debilidad. Haciendo galas de sus conquistas militares, consideraba en su propaganda, que el volvería a hacer grande a Francia. La grandeza perdida y recuperada, ha sido otro de los elementos distintivos característicos de dictadores y autócratas posteriores.

Napoleón fue derrotado en el campo de batalla, detenido y enviado a Santa Helena (isla propiedad de la corona británica) donde falleció. Napoleón fue el último dictador del Siglo XVIII y el primero del Siglo XIX.


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