Es de todos conocido que desde finales del siglo XX y comienzo del siglo XXI han surgido infinidad de artículos de opinión, de publicaciones, conferencias, tertulias generalistas y específicas, que tratan temática histórica. Por otro lado el mundo literario existe el subgénero de «novela histórica» y el cine ha abierto la veda a grandes producciones, series, series documentales y documentales «basados en hechos históricos».
Algunas de estas producciones y formas de difusión son ciertamente divulgativos y en otros casos están sujetos a la especulación histórica basada en la pregunta «¿y si…?». Actualmente con el desarrollo de las IA, la historia ficción ha alcanzado cotas nunca antes vistas.

Muchos historiadores profesionales nos preguntamos acerca de cual es la causa para esta «teoría de la cancelación» de la historia real y del trabajo de investigación historiográfico. Se prefiere hoy mas a un charlatan de feria que a un profesional o experto.
Una gran parte lo achaca a la «batalla cultural» que forma parte de las actuales guerras híbridas, en la cual hay fuerzas políticas que consideran que el conocimiento empodera al ignorante, le hace ser mas fuerte y le hace inmune al engaño, a la mentira y a los dogmas.
La misión de estas fuerzas políticas es aniquilar el conocimiento, por tanto hacer negacionismo dogmático (teoría de la cancelación) de la ciencia, de los centros de formación e investigación, de los profesionales y de los expertos. En esa línea se ceban con los jóvenes que son los que tienen escasos conocimientos y con los mayores, que pese a tener conocimientos y experiencias, consideran que su «verdad» es la «Verdad Absoluta».

Otra parte de los autores considera, como el periodista de investigación Miguel Angel Santamaría, que el siglo XX no se ha enseñado debido a la inmediatez del tiempo histórico. Es cierto que cuando yo estudiaba en el Colegio (Años 70 y 80), nunca llegábamos a la Guerra Civil Española y sabíamos mas bien poco de la historia universal, apenas llegábamos hasta la primera Guerra Mundial. Por tanto el conocimiento de los «Boomers», hoy rozando o parte integrante de la «edad dorada» (Antigua «tercera edad»), es insuficiente en lo que al siglo XX se refiere.
En los ochenta hubo una corriente política favorable a potenciar las ciencias y reducir las humanidades, entre ellas las asignaturas de filosofía, geografía e Historia. En cuanto a la asignatura de la historia, se eliminaron las fechas, nombres, guerras. se separó la geografía de la historia…. y en cierta forma se pusieron mas en valor la filosofía de la historia y la sociología de la historia. También se iniciaron los estudios e investigaciones históricas a partir del ciclo histórico: República, Guerra, Dictadura. Es decir lo que nunca antes se había enseñado en las escuelas.
Pienso que en el caso de España tuvo mucho que ver con los regímenes políticos y su propaganda asociada. En la Dictadura (1936-1977) lo que se quería evitar a toda costa es que resurgieran los movimientos políticos de izquierda (clandestinos en el interior y en el exilio en la época) y los nacionalismos periféricos (catalán y vasco). De ahí que nunca se hablara de la Guerra Civil y apenas de la Segunda República.
Cuando llega la transición española (1975-1983) se produjo una breve pero intensa batalla cultural campal entre historiadores de derechas e historiadores de izquierdas, ambos se acusaban mutuamente de mentir al otro.

Los hechos determinaron mas adelante que esta batalla intelectual se produjo a consecuencia de la apertura y desclasificación de archivos tanto de la época republicana, de la guerra y del principio de la Dictadura.
Todo ello se unió al acceso libre a investigaciones internacionales de este ciclo histórico vistas desde la perspectiva de los «hispanistas» franceses (Pierre Vilar, F. Braudel, P. Chaunu), ingleses de la Escuela de Oxford (Raymond Carr, Hugh Thomas, Gabriel Jackson o E. Malefakis, Paul Preston) o irlandeses (Ian Gibson) que manejaron archivos y documentos procedentes del exterior, del mundo diplomático, pero también de los servicios de espionaje.
Los «hispanistas» no solo establecieron un nuevo enfoque multidisciplinar, marcadamente europeísta y estadounidense del ciclo histórico -que contribuyó a a considerar la historia de España como parte integrante de la historia de Europa y no de forma aislada, diferenciada, identitaria e inconexa; sino que aportaron también, nuevos datos e información histórica relevante, totalmente desconocidos por los historiadores en España hasta entonces.
Con la llegada de la democracia representativa y la restauración de la monarquía, dos corrientes que ya existían, resurgieron con un afán «revisionista» fuertemente politizado a tono con la Guerra fría (1945-1993) entre los postulados conservador, liberal, socialistas y comunistas.
Manuel Tuñón de Lara (cofundador de la «Escuela de Pau»), fue el principal historiador de la Transición, seguía la metodología marxista, basada en el «materialismo histórico». Su aportación a la historiografía española y por la que fue reconocido, fue la investigación en profundidad sobre el movimiento obrero español en la historia de España, partidos, ideologías, sindicatos, asociaciones… y el rescate de sus archivos históricos, que amenazaban con perderse por simple abandono de los mismos. De los que apenas se sabía nada en España en aquella época, dado que apenas se había investigado sobre el movimiento obrero, que además fue reprimido y ocultado por el régimen de la dictadura, resucitando de nuevo en la transición con fuerza.

Tuñón de Lara fue el historiador que introdujo en España el concepto de «Historia Social» en la historiografía española a partir de los trabajos de Pierre Vilar. Consideraba el historiador, desde su perspectiva, que toda guerra o revolución pasada venía definida como una «lucha de clases» entre un «bloque de poder que oprimía a la sociedad» y una «sociedad oprimida» que se defendía de tal opresión mediante la revolución.
Siguiendo este principio ideológico, Tuñón de Lara revisó la historia para identificar a los trabajadores, al «pueblo» (entendido por Tuñón de Lara como «Plebe») oprimido y a partir de ahí justificar las revoluciones sociales como «justas y necesarias» que se dieron en todas las épocas de la historia. Entre sus objetivos políticos estuvo la deslegitimación de la dictadura franquista y también ser alternativa a lo que él consideraba la corriente «burguesa y liberal» de los nuevos historiadores españoles vinculados con la «Escuela de Annales» (surgida en los años cincuenta con Jaume Vicens Vives, José Antonio Maravall o Miguel Artola) que también tuvo su eco en la historiografía de la Transición.

En los años 90 del pasado siglo la historiografía activista se había enfriado, comenzando a aparecer nuevas corrientes historiográficas, en algunos casos herederas de las anteriores, en otras innovando a partir de nuevos enfoques y perspectivas historiográficas.
Se produjo un viraje lento entre el materialismo histórico de Tuñón de Lara, el exceso estadístico y de datos fríos aunque rigurosos de la Escuela de Anales, hacia una historia que podría calificarse de «emocional o de sensaciones» por lo que en esta década proliferaron las biografías de personajes históricos secundarios y las novelas de ficción ambientadas en épocas históricas, no basadas en hechos históricos como se hacía anteriormente, por lo que la frontera entre Literatura de ficción histórica e Historia real novelada se difuminaron.
El desarrollo tecnológico posibilitó acceso a mas información, tanto en bruto (digitalización de archivos físicos) como elaborada (nuevas investigaciones, divulgación, etc.), lo cual ampliaba enormemente obtener nuevos objetos de estudios , nuevas temáticas, nuevas perspectivas, enfoques, visiones de la historia y de los hechos «historiados».
En los noventa prácticamente se abandonaron los estudios sobre el ciclo republica, guerra y dictadura, comenzando en cambio a tratarse la Transición como periodo histórico, conectándola con el ciclo anterior, como otra fase del ciclo. Sin embargo comenzaron a a parecer temas como la historia del Feminismo, ecologismo, pacifismo, nacionalismos, y todos los revisionismos posteriores que fueron surgiendo durante esta década y la primera del siglo XXI.
Entre los revisionismos generalistas, destacaron los referentes a los estudios sobre el siglo XIX y el sistema burgués liberal hegemónico en aquel siglo. Predominando en estos estudios, no solo el papel de la mujer, sino también la vida cotidiana, las mentalidades, las creencias, la filosofía y la literatura de esta época. De este periodo algunos historiadores: María Cruz Romero, María Sierra, Isabel Burdiel, Mónica Burguera, José Álvarez Junco, o Joaquín Moreno Luzón entre otros).
Entre los revisionistas históricos especializados en un tema, como por ejemplo el nacionalismo tanto español como periférico, tenemos a los catalanes (Carles Aribau) pero también a los hispanoamericanitas como Christopher Schmidt-Novara, José Maria Fradera, Manuel Pérez Ledesma, en el que tratan de justificar la influencia civilizadora y cultural española en las culturas «hispanoamericanas».
Estos historiadores han tachado y siguen haciéndolo, de «injustos y falsos» los estudios hechos por ingleses , particularmente hecha por ingleses, que enarbolan, según ellos «la leyenda Negra» «dejando mal a los Españoles y fomentando el odio a los españoles». En este sentido vemos un nuevo activismo nacionalista usando la historia para justificar ideas políticas.
De este grupo creado en España, surgió en América la Escuela Mexicana con Roberto Breña y Scott Eastman como principales exponentes que aceptaron la idea de la influencia española en la cultura mexicana, pero únicamente a partir del liberalismo del siglo XIX de origen español en los procesos de independencia americanos. Negando cualquier otra influencia española anterior, calificada siempre en la historiografía actual mexicana y de toda América «de imperialismo y colonialismo opresor», antes de la independencia.

De este matiz surgió otra corriente americana negacionista del imperio español reivindicando el culto a los orígenes indígenas de américa y destacando el expolio de las américas por parte de los europeos y particularmente de España.
A partir del comienzo de siglo la polarización política ha invadido el espacio de la historia polarizando y usando la historia con mucho apasionamiento mediático, que lleva a muchos a no confiar en los profesionales de la historia, al negacionismo por sistema y a hacer revisionismos no profesionales, que simplemente manipulan la historia o directamente se la inventan. Con el uso de las IA, se crean incluso historias alternativas a la historia real con un sentido marcadamente mercantilista.
Pio Moa con apoyo erudito de Stanley Paine, que tampoco se enteró mucho de lo que pretendía Pio Moa, se dedicó a falsear desde una perspectiva ultraconservadora la historia de la II República y de la Guerra Civil generando una mas que notable reacción en el mundo académico y entre los historiadores profesionales. Sin embargo tuvo un mas que notable éxito entre los políticos conservadores y ultraconservadores. Pio Moa convierte la historia en munición política-mediática, al servicio de la polarización, la desinformación y el bulo. A este periodista le sigue Julián Ruiz que destapa la caja de pandora con la temática «guerracivilista» de Paracuellos.
A estos ultraconservadores, le siguió ya en las dos primeras décadas y aun en vigor, la reacción «Izquierdista» con nuevos revisionismos sobre revisionismos anteriores, sobre los mismos temas una y otra vez trillados hasta el aburrimiento.
La polarización es sin duda lo que está identificando a la política actualmente. A nivel de historia también existe la polarización y no sería buen historiador si no lo reconociese. Pero en este maremágnum temático en el que está estancada la historiografía actual hay historiadores coetáneos que están tratando precisamente este fenómeno de la polarización como tema objeto de estudio con metodología historiográfica.

Fruto de estos estudios sobre la polarización y los innumerables revisionismos historiográficos, se ha producido un punto de inflexión surgido como consecuencia de diferenciar entre los «Hechos históricos» y las opiniones o mentalidades que la sociedad tiene de la historia de España.
En ese sentido surge el concepto de la «Desmitificación de la historia». Con tanta bibliografía existente se ha producido una sobreinformación y de tanto manipular y falsear la historia, se han creado «mitos y leyendas» que se dan por ciertas, cuando en realidad no lo son ateniéndonos a los hechos históricos reales.
En boca de personajes famosos se ponen palabras que nunca pronunciaron, o textos que nunca fueron escritos. Casi nunca contextualizan los hechos históricos y nunca se tiene en cuenta la evolución en la historia. Los anacronismos son constantes… de todo ello están llenas las redes sociales y la bibliografía generalista no profesional.
Hace poco me preguntaban en la presentación de mi último libro, ¿Cómo podemos saber la verdad [en la historia]? Los propios interesados en conocer la historia ya tienen problemas para distinguir la ficción de la realidad en cuanto a historia se refiere. La desinformación y los bulos hacen estragos por todas partes, cada vez es mas complejo desenmascarar a los que practican intrusismo profesional y falsean la historia.

Pero también hay que plantear que quizás los historiadores no hemos sido eficaces en transmitir el conocimiento histórico a la sociedad. Ese vacío dejado por los profesionales los han ocupado los impostores. Motivo por el cual, entre otros, la profesión de historiador hoy es una profesión de Riesgo. Partimos de un negacionismo excluyente por parte de actores que no desean que la sociedad adquiera conocimientos sobre el pasado. Con lo cual es bastante complicado, aunque no imposible, hacerles frente. La cuestión es ¿Activismo o sometimiento?
Eduardo González Calleja , Michael Seidman, Santos Juliá, Paul Preston, Paloma Aguilar, Julian Casanova, son algunos de los muchos profesionales que están dedicando sus estudios a desmitificar la historia como forma «activista» contra aquellos que practican el intrusismo profesional y el falseamiento de la historia.

Y junto a la desmitificación de la historia también debemos «despolitizar» la historia. La ciencia política y la historiografía (ciencia de la Historia) deben atenerse a sus principios y a su metodología que les son propias.
Un historiador ofrece conocimiento de la historia, los políticos hacen política. la Historia nunca debe usarse como «arma política» contra un rival en una lucha política. La historia debe permanecer al margen de la polarización política.
El historiador debe ponerse al servicio de la ciudadanía que demanda conocimiento de la historia, en base al principio del derecho de los ciudadanos a disponer de información veraz en general y también por parte de los historiadores.