Acaba de fallecer un Papa, Francisco I, un papa al que se le han otorgado distintas atribuciones ideológicas y políticas en el actual contexto de polarización extrema que vive el mundo en la actualidad y que, por desgracia, también está condicionando el cónclave de cardenales aun cuando ni siquiera se ha iniciado y con el cuerpo del difunto Papa aun en su capilla ardiente.

Largas colas de fieles, peregrinos, turistas y curiosos desfilan de forma coreografiada alrededor del embalsamado cadáver del Papa Francisco, unos rezando, algunos jóvenes haciéndose selfis clandestinos para subir a la red, otros meditando, otros mirando la belleza material de la Basílica de San Pedro, otros pensativos o con la mirada en el firmamento. Cada uno a su manera despidiéndose de un papa mayoritariamente calificado como «un Papa bueno» y es que todos son buenos tras el deceso. Ese es el misterio del duelo que cada cual supera como considera oportuno y conveniente.
Salvando las distancias históricas y contextuales, me recuerdan a los funerales de otro Francisco; el de Francisco Franco Bahamonde, «Caudillo de España y Generalísimo de sus Ejércitos», el dictador que gobernó España con puño de hierro entre 1936 y 1975.
Una larga dictadura que el propio caudillo consideraba una «cruzada santa» contra el marxismo, la masonería y los ateos El mismo aparecía en carteles de propaganda revestido a la manera de los monjes guerreros medievales o «cruzados» para enfatizar su determinación.
Antes de la Guerra Civil Española (1936-1939- fechas consensuadas-) La Iglesia española se mostraba por lo general conservadora y en algunos sectores eclesiales tradicionalistas. Partidaria de mantener la confesionalidad del Estado y el «poder» eclesiástico tradicional como segundo estamento de la sociedad española.
Es decir una iglesia señorial y feudal, considerando a los fieles como vasallos y a los obispos como señores feudales. Una iglesia de teólogos y de propagandistas de los dogmas. Una iglesia de cruzados contra los infieles y los herejes. Una iglesia que conservaba las «esencias identitarias» de la doctrina de los «padres de la Iglesia» frente a los errores del protestantismo (reformismo) y la masonería (Libertarismo).

Una Iglesia que veía con preocupación los inicios de la secularización de la sociedad y de la propia iglesia, el desapego a las tradiciones, el desapego a la vida religiosa o espiritual, el desapego y el desafío de los fieles a la autoridad papal y episcopal (anticlericalismo) debido al desarrollo de las políticas reformistas y sociales en el seno de los estados europeos, el avance de la ciencia y la tecnología, el cambio de modelos políticos, económicos y sociales, que veían en ellos una amenaza a la propia existencia de la iglesia católica y/ o a su papel director en la sociedad «moderna».
Con la llegada de la República la mayor parte de los obispos españoles estaban escorados doctrinalmente hacia posiciones «conservadoras» en línea con el «tradicionalismo» de San Pio X. Había obispos mas «liberales o progresistas» y algunos sacerdotes comprometidos con ideologías sindicales, sociales y obreras vinculados generalmente, aunque no exclusivamente, con el marxismo.
En general se podría decir que el episcopado español era globalmente de tendencia «conservadora», con vínculos ideológicos políticos y económicos afines.
La constitución republicana de 1931 definía a España como un «Estado laico» por vez primera en la historia. España dejaba de ser un estado confesional y el cristianismo dejaba de ser la «religión oficial de España».
La constitución no obstante también reconocía que la mayoría de la población española era «Católica», – La mayor parte de los miembros del Gobierno y gran parte de los diputados parlamentarios eran católicos – y que en base a esta circunstancia se reconocía el derecho a la Libertad Religiosa y de Cultos en España, también en clara alusión a los agnósticos y los pocos ateos reales que había en aquella época, el derecho a la Libertad de Conciencia. La constitución también mantenía vigente por parte española el Concordato con la Santa Sede de 1851 y las relaciones diplomáticas con normalidad.

Para el Cardenal primado «de las Españas» y Arzobispo de Toledo, Maxima autoridad eclesial española en ese momento consideró que lo de «laico» era el primer paso para el «estado ateo» y ello significaba una amenaza para la supervivencia de la Iglesia en España. Por otro lado la libertad religiosa y de cultos era considerado como una temeridad dado que permitiría a deicidas (judíos), infieles (musulmanes) y a herejes (Protestantes, ateos y masones) expandirse públicamente en España.
Para la iglesia católica de entonces en España, la identidad nacional se fundamentaba en la unión de: Monarquía y Religión. No se concebía mentalmente que un español no fuera católico y monárquico. Por lo que la iglesia de la época de la república comenzó a rearmarse moralmente para predicar una nueva «cruzada» contra los «Rojos» entendidos estos como nuevos infieles y herejes.

En su propaganda arremetió contra el gobierno republicano, los sindicatos obreros no eclesiásticos y los partidos de izquierdas y nacionalistas periféricos en general. Haciendo llamamientos a la desobediencia civil en favor de la causa monárquica y el restablecimiento del confesionalismo de Estado, fundamentado en su propaganda como una defensa a ultranza de la «Tradición».
La quema descontrolada de Iglesias y Conventos en mayo de 1931 fue la guinda del pastel y el inicio de la ruptura de relaciones de las autoridades episcopales españolas con el gobierno de la república. La Santa sede en cambio era mas partidaria de respetar el orden constitucional y no hacer este tipo de llamamientos rupturistas.
El Papa llamó a consultas al Cardenal Primado en respuesta a una petición del gobierno republicano. La Iglesia en España estaba actuando al margen, de manera indisciplinada, conforme a las directrices emanadas de la Santa Sede, o cual también generó un desapego de los obispos españoles a la Santa Sede.
Cuando estalló la Guerra civil la mayor parte de los obispos se sumaron al golpe de estado (o «alzamiento») de 1936 con la idea de convertir aquella guerra en una verdadera «cruzada» y a los fallecidos en combate en dicha guerra como «mártires, patriotas y héroes».
La propaganda conservadora radical inicial de la república, dejó paso a otra propaganda mas tradicionalista en línea con los ideales de los sublevados y los ideales de los sectores mas inmovilistas del episcopado español. Sólo los obispos catalanes y vascos apostaron por la obediencia a Roma. Teniendo que exiliarse al Vaticano por las presiones y el curso de la guerra.
Ya en la dictadura, el episcopado tradicionalista recuperó la confesionalidad del Estado, el poder terrenal en España formando parte de las instituciones políticas y económicas del régimen, con un código de derecho canónico a la carta, que limitaba y subordinaba al derecho civil de la dictadura.
La ruptura con Roma fue leve, cierre de la Nunciatura, ruptura de relaciones diplomáticas oficiales, debilitamiento y cierta desconexión entre la iglesia de España y la Santa Sede. La Iglesia española estaba caminando peligrosamente hacia el cisma.
La alianza del altar y el trono se reprodujo en la España de Franco. El mimetismo entre Estado e Iglesia fue tal que constituyeron dos caras de la misma moneda. El régimen quería una iglesia dócil, tradicional, sujeta a sus intereses ideológicos y políticos. Y la Iglesia se dispuso a complacer al dictador Para poder mantener su poder de control social y económico, además del político. Fruto de aquella hibridación fue el espíritu o doctrina del «nacionalcatolicismo» (1940-1979).
Algunos historiadores, teólogos y juristas en base a documentación del Archivo Vaticano y de los episcopales españoles, consideran hoy que Franco pretendía crear una «Iglesia Nacional», independiente o autónoma, con respecto a la Santa Sede. Una iglesia que pudiese manejar a su antojo. Algo que estaba prohibido expresamente por el Código de Derecho Canónico vigente en la época.

No todos los obispos leales a Franco quisieron romper con Roma, bajo el pretexto que de hacerlo serían excomulgados en el acto. Franco necesitaba a la iglesia, por lo que ir hacia un cisma supondría tener que dejar el poder y sería el fin de su régimen. Por tanto se tendió a tener una suerte de ambigüedad calculada y controlada, para evitar la ruptura con la Santa Sede.
A partir de 1950, Acuerdo de Amistad y Cooperación entre España y EEUU, la iglesia ya acomodada en el Nacionalcatolicismo en una situación de normalidad asociada a los acontecimientos tanto dentro como fuera de España, Comienza a preocuparse con la llegada de los primeros turistas, de los primeros inversores, de la llegada con los americanos de la sociedad de consumo y del modo de vida americano de los años 50.
Para la iglesia Española la ayuda económica, logística y militar americana era algo positivo para ayudar a erradicar la pobreza estructural de una España que había estado una década con racionamiento, con una autarquía que ya no podía satisfacer a todos y aislada del mundo. Pero consideraba que las «nuevas modas modernas» procedentes de un pais mayoritariamente protestante y con demasiadas libertades, estaban socavando los deberes religiosos y sobre todo morales promovidos por el régimen y la iglesia, especialmente entre la juventud.

Los Jovenes españoles aun estaban en fase de descubrimiento de otras realidades externas al régimen y entrando en contradicciones morales personales, entre la doctrina que habían recibido (nacionalcatolicismo) y las nuevas ideas «liberadoras» (democracia y régimen de libertades) del exterior. Esta circunstancias llevó a la Iglesia y al estado a fortificarse ante nuevos ataques a su manera de entender la religión y el estado como una unidad sagrada.
Se recató ya en los sesenta el espíritu de «cruzada» contra las nuevas herejías que llegaron con los turistas europeos y americanos. F.E.T. y de las J.O.N.S. que era el partido único del régimen comenzó a ver el cambio de rumbo de la juventud española y fue quien teorizó sobre la necesidad de conservar las esencias tanto del espíritu falangista original; como de la religión tradicional. Los Falangistas fueron los primeros en percatarse que el «movimiento moderno» era imparable y que llevaría como consecuencia el fin del régimen.
Ya en los setenta se aprecia en la documentación interna del partido como las tendencias que ellos pronosticaron en los sesenta era cierta, la propaganda del régimen y la represión no podía impedir la ruptura, que llegó pareja a la agonía y muerte del «Caudillo» en noviembre de 1975.

La iglesia siguió a modo de inercia instalada en la cúpula española en el nacionalcatolicismo, pero en su base social el espíritu del concilio vaticano II (1962-1965) comenzaba a a erosionar aquel proyecto proto cismático del nacionalcatolicismo. Muchos sacerdotes se acercaron a la oposición antifranquista, siendo partícipes de sus acciones y actividades políticas y a mostrar lealtad a Roma.
Otros consideraban que el nacionalcatolicismo había dado frutos y que no veían la necesidad de eliminarlo, aunque si de reformarlo con la vista puesta en el modelo «aperturista» de la ideología de la democracia cristiana. Pero también algunos veían salida por los movimientos socializadores inspirados en el humanismo cristiano o en los socialistas cristianos.
Entre 1977 y 1979, la Iglesia Española fue llamada al orden por la Santa Sede y comenzaron a aplicar las reformas conciliares y formar la Conferencia Episcopal Española como organo rector colegiado de la Iglesia Católica en España.
La constitución de 1978 definía a España como un «estado aconfesional» en el que ninguna religión tiene carácter estatal y se reconoce el derecho a la libertad religiosa, de cultos y de conciencia.
Los mas conservadores (Aperturistas) y sobre todo los tradicionalistas (nacionalcatolicista) consideraron que se había vuelto a las formas de la época de la república, pero con la salvedad que la iglesia podía ejercer un papel director en la sociedad, al ser la iglesia con mayor numero de fieles en España. En ese sentido confiaban que los nuevos gobernantes no iban convertir España en una dictadura bolchevique y atea.

Los mas progresistas consideraron que el nuevo régimen democrático posibilitaba la paz con la separación de la iglesia y el estado. Pero en ese ánimo de no romper con la iglesia del todo, posibilitó que la Iglesia condicionase levemente esta nueva democracia con planteamientos en algunos casos incompatibles con la democracia. Planteamientos que se plasmaron en los Acuerdos del 79, y en el abandono sistemático del concordato de 1953.
En el acuerdo Iglesia Estado, hubo un intento por conciliar el estado moderno con una iglesia totalmente renovada, alejada en lo doctrinal y en lo sustancial con el nacionalcatolicismo que acabó desapareciendo lentamente quedándose como una ideología marginal. No se hizo un nuevo concordato porque en el Concilio Vaticano II se optó por acuerdos o tratados flexibles con los Estados a fin de mantener una buena relación, al margen de los regímenes establecidos. La era del estado confesional llegaba su fin.
Los ochenta el estado democrático fue configurándose como un estado social y de derecho, en el que el bipartidismo fue la forma acordada para fomentar el entendimiento, la convivencia y coexistencia entre dos formas distintas de entender España.
La iglesia puso en marcha la mayor reforma de su historia en España que supuso el apartamiento por jubilación o por renuncia, del episcopado nacionalcatolicista, ocupando sus cátedras obispos mas «vaticanistas o conciliares», quedando al frente de la iglesia (Conferencia Episcopal Española) los sectores mas moderados o centristas del conservadurismo español (vinculados mayormente con la democracia cristiana) haciendo una simbiosis con las doctrinas políticas y religiosas, primero de la UCD (Democracia Cristiana) y después de Alianza Popular (Opus Dei). La via progresista de la Iglesia hizo confluencia con los ideales socialistas (humanismo cristiano, cristianos por el socialismo, Iglesias de base), tanto en el PSP de Tierno Galván, como en el ala mas moderada del PSOE.

Incluso en el seno de las CCOO y del PCE hubo católicos que comparaban la predicación de Jesús de Nazaret con los ideales marxistas-leninistas, considerando a Jesús de Nazaret como el primer gran revolucionario. Esta corriente era minoritaria y en cierta forma autónoma con respecto a la posición mayormente agnóstica y atea de la cúpula del PCE.
Fruto de esta división entre conservadores y progresistas católicos españoles se generó la percepción en ambientes conservadores, que la iglesia católica era «De derechas» y que los que eran de «Derechas» eran los «verdaderos católicos», Haciendo negacionismo incluso de la existencia de católicos en la izquierda política. Aun tenían en mente aquella propaganda nacionalcatolicista por la que: Izquierda = Ateo y por tanto es contrario al cristianismo.
Establecieron ya en los ochenta en «la derecha» política y eclesial, un modelo supremacista de división y enfrentamiento entre «católicos verdaderos» y «católicos falsos». De alguna forma se apropiaron mentalmente y propagandísticamente de la Iglesia y la religión en favor de sus ideas políticas, aun trufadas de un nacionalcatolicismo revisado y residual.
A partir de 1993, fin de la Guerra Fría, primer gobierno de Aznar (PP) tras una derrota sonada de Felipe González (PSOE). El conservadurismo eclesial español fue sustituido por un tradicionalismo nacionalista e identitario, que quiso hacer constatar la vigencia del nacionalcatolicismo y los ideales mitificados de la dictadura de los años sesenta y setenta. En cierta forma los obispos mas tradicionales «echaron el freno» al reformismo vaticanista y conciliar, a la iglesia progresista y a la iglesia evangélica y pastoral.

Eran tambien los años de las controversias a nivel general en torno a la aplicación práctica de la Teología de la Liberación, muchos de sus seguidores, entre los que había sacerdotes, religiosos e incluso obispos, Actuaron en consonancia con las guerrillas latinoamericanas, tanto maoístas como castristas, armados. En otros casos se dedicaron a la evangelización, a la cooperación y desarrollo de los pueblos del «tercer mundo». pero al final estos últimos fueron desplazados por los teólogos guerrilleros lo que llevó a la desnaturalización de la propia teología de la Liberación.

Esto colmó el vaso para los mas tradicionalistas y ese fue uno de los motivos, no el único, por lo que la ruptura y división de la iglesia universal se hizo mas patente. Los tradicionalistas fueron mas allá de la tradición eclesial , en confluencia con movimientos ultra religiosos mundiales, no sólo en el ámbito católico, sino también en otras iglesias cristianas, que abogaban por abolir todas las reformas del Vaticano II y retrotraerse al momento en el que consideran que se abandonó «la tradición» que en el caso de la iglesia católica romana era Trento y el Vaticano I.
A partir de aquí la polarización política ha ido paralela ya en el siglo XXI a la polarización religiosa en el seno de la Iglesia Católica. la primera confrontación fue en 2005 en el cónclave del que surgió Benedicto XVI. Al parecer hubo un momento en el que el cisma entre conservadores y progresistas era un hecho notorio. La renuncia de Benedicto XVI va en línea con esos intentos de provocar un cisma en la iglesia. El Papa Francisco I fue rival de Benedicto XVI en el cónclave 2005, por lo que en el cónclave de 2013 los cardenales mas progresistas lograron convencer a los mas moderados de los conservadores para que se eligiera a Francisco I.

En España los obispos conservadores apostaron por alinearse con las doctrinas mas conservadoras que se plasmaron en las encíclicas de Juan Pablo II, dando lugar a una iglesia conservadora, de derechas, del PP, Básicamente centrada en el Arzobispo de Madrid, centrada en organizaciones como el Opus Dei, Movimiento Neocatecumenal (los «kikos») y Legionarios de Cristo, monárquica, nacionalista identitaria españolista, propagandista… Una suerte de nuevo nacionalcatolicismo revisado.
Los progresistas en cambio apostaron por la Teología de la Liberación en principio como punto de partida y después apostaron por doctrinas liberales sociales y por el ala moderada del PSOE (Centroizquierda). En IU (creada en 1993) donde estaba y sigue estando el PCE, también surgieron en las comunidades de base un catolicismo revolucionario y con influencias castristas latinoamericanas y del nuevo comunismo postsoviético que venía de la Europa del Este).

A efectos prácticos la izquierda católica se ha visto durante décadas arrinconada y marginada por una cúpula episcopal marcadamente conservadora o tradicionalista. Los medios de comunicación de la iglesia y las instituciones de la iglesia han estado vedadas a grupos y movimientos seglares progresistas. Por lo que su voz ha sido acallada y reprendida.
Con Francisco I la cúpula episcopal fue renovada y eso provocó que los sectores mas progresistas comenzasen a ser visibles, al tiempo que los conservadores fueron retrocediendo, pero no desapareciendo.
Con la controvertida visita papal de Benedicto XVI a Valencia y la JMJ de 2011 en Madrid, la facción mas tradicionalista de la iglesia española hizo todo un gran despliegue de propaganda que pretendía ahogar las voces que desde las comunidades de base, desde las ordenes religiosas y desde la propia Conferencia Episcopal Española, llamaban a la paz y a la unidad para evitar un cisma también en la iglesia española.

Francisco ha intentado frenar el cisma general adoptando una suerte de centralismo eclesial frenando por un lado a los ultracatólicos financiados por oligarcas rusos, por la derecha y a los revolucionarios mas progresistas por la izquierda, con vínculos políticos latinoamericanos comunistas y postcomunistas. Si bien se ha mostrado centrista en mantener el status quo entre ambas facciones, su «Peronismo» de origen (equivalente en Europa al laborismo y liberalismo social) le ha hecho escorarse hacia la izquierda progresista, intentando aunar las sensibilidades en una iglesia que es ya abiertamente diversa y plural.
Una iglesia que no ya no es euro céntrica y en cierta manera tampoco imperialista o colonialista, sino que está presente en todo el mundo y por tanto esas «periferias» (sur global) debían estar representadas con voz y voto en las instituciones de la Santa Sede. El proceso sinodal, emprendido por él, va camino de una democratización de la iglesia en línea con el espíritu evangélico (justicia social) y pastoral (acción social) del Vaticano II, por lo que se puso en el punto de mira de los «francotiradores» ultracatólicos que incluso lo calificaban de «anticristo» y «servidor del Demonio».

La iglesia española actual no es ajena a la polarización política general y local, no es ajena a la polarización eclesiástica actual. La cual ya en las congregaciones previas al nuevo cónclave de este año, tras la muerte de Francisco I, se ha dejado notar y las pocas filtraciones a la prensa de los purpurados ya hablan de dos bloques enfrentados entre si.
Por lo que es probable que el cónclave actual dure mas de lo que muchos católicos querrían dado el extremismo entre los dos bloques. La cuestión es ¿Continuismo con Francisco I o «Echar el freno» a las reformas de Francisco? aunque la mayoría de los purpurados no se pronuncian claramente y tratan de imponer un trampantojo mediático de unidad, la realidad es que lo que salga de este cónclave, diverso y plural, mas numeroso que los anteriores, no va a dejar a nadie indiferente y a nadie satisfecho.

La amenaza de Cisma flota en el ambiente por mucho que traten de ocultarlo, la amenaza de ciberataques mediáticos y en las redes ya ha comenzado, mezclando lo político con lo religioso, memes que aparentan ser bromas, pero que transmiten de forma subliminar y gracias a las IA, las distintas ideologías de las facciones en conflicto. Es parte de la guerra híbrida que se está produciendo en estos momentos en esta «guerra por etapas» de la que Francisco I hablaba.
La iglesia no es inmune a los ataques. Los cardenales son seres humanos y como tales pueden equivocarse. El espíritu santo parece que está ausente, ningún cardenal consultado por los periodistas ambiciona ser papa, Nadie quiere ser papa, por que actualmente el Vaticano es sinónimo de inestabilidad, tanto en lo espiritual como en lo religioso.
Hace tiempo que muchos católicos venimos reclamando un nuevo concilio para evitar o certificar el cisma, pero al menos que vuelva la estabilidad, la concordia, la unidad y el bien común en el seno de la iglesia. Pase lo que pase a partir de ahora, la Iglesia Católica Romana ya no será la misma. Francisco ha dejado muy alto el listón, incluso para sus detractores.
En España se necesita un plan renove para la iglesia Católica, en línea con la eliminación del «guerracivilismo y del nacionalcatolicismo» de la vida social de la Iglesia católica. También la iglesia es inestable y está dividida en España por mucho que la propaganda oficial diga lo contrario.
España ya no es Católica y no es propiedad exclusiva de la derecha, es de todos los católicos independientemente de su ideología o posición política. La unidad se consigue construyendo a partir de lo que nos une y no a partir de lo que nos divide.

En las quinielas prefiero continuismo, por lo que mis apuestas son a favor de cardenales papables «progresistas». En el caso de los españoles, mi apoyo es ala Arzobispo de Barcelona Juan Jesús Omella. A nivel internacional o Parolin (Italia) o Tagle (Filipinas). Ambos me parece que son buenos ejemplos de continuismo con el camino Sinodal de Francisco I. Volver atrás o «echar el freno» me parece en el actual contexto de la polarización un grave error. Siempre adelante. Construyamos la iglesia del siglo XXI desde la base social.

