Franco, cincuenta años después…

Cuando el dictador español Francisco Franco Bahamonde falleció en la clínica La Paz de Madrid el 20 de noviembre de 1975, yo tenía siete años y acababa de comenzar primero de EGB (actualmente primero de Primaria).

Por aquel entonces, mi vida giraba en torno a los muñecos “clic de Famobil”, los “Madelman”, los juegos de construcción, los cochecitos de metal y las eternas horas dedicadas a dar rienda suelta a la imaginación y creatividad propias de la infancia. Los recuerdos que tengo sobre la muerte del dictador son vagos; recuerdo que nos enviaron a casa y cancelaron las clases. Más allá de eso, seguía viviendo en mi propio universo infantil, un lugar lleno de colores donde el mal simplemente no existía. Era por entonces introvertido, apenas tenía amigos, y me refugiaba en mi santa madre que me mimaba en exceso.

Resulta interesante que no guarde recuerdo del fallecimiento del dictador, pero sí del juramento de Juan Carlos de Borbón y Borbón como nuevo jefe de Estado, realizado de acuerdo con las leyes vigentes en la dictadura, apenas dos días después del deceso del dictador y con el cuerpo presente de éste en el Salón de Columnas del Palacio Real.

Tuve la oportunidad de presenciar, como muchos otros españoles, el acto televisado a través de RTVE, la única emisora en España en ese momento, acompañado de mis padres y hermanas. En esa ocasión observé por primera vez al entonces príncipe Felipe (actualmente rey Felipe VI), cuya edad coincidía con la mía, al igual que ocurría entre sus hermanas y dos de las mías.

La generación Boomers-X, a la que pertenezco, nació en los últimos años de la dictadura (décadas de 1960 y 70), una época marcada por la inminente muerte del dictador y una intensa lucha sucesoria en lo más alto del poder. Esta etapa coincidió con una fuerte conflictividad social liderada por toda la oposición antifranquista y antifascista. Al interior del Movimiento Nacional, las disputas de poder y rivalidad entre distintas “familias” o facciones del régimen también indicaban que la dictadura se acercaba rápidamente a su fin y todos querían tomar posiciones ante el nuevo escenario.

El fallecimiento del dictador no significó el término de la dictadura ni la desaparición del “Franquismo” como ideología política vinculada a ese régimen. Cuando el 22 de noviembre de 1975 Juan Carlos de Borbón y Borbón (Roma, 1938) asumió la sucesión, tanto los actores políticos del régimen como de la oposición interpretaron ese acto como una continuidad de la dictadura. En algunas corrientes y facciones surgió el lema de mantener el “franquismo, sin Franco”.  

Entre 1975 y 1977, el régimen político de dictadura se mantuvo vigente, conservando el nuevo jefe de Estado las mismas atribuciones, privilegios y prerrogativas que había ejercido el general Franco hasta su fallecimiento. En este contexto, el príncipe Juan Carlos de Borbón y Borbón desempeñó formalmente el cargo de jefe de Estado, y por tanto dictador, bajo dicho régimen militar.

Para los efectos del legitimismo dinástico de la Casa de Borbón-Anjou respecto al título real de la Corona Española, Juan Carlos de Borbón y Borbón ostentaba, por derecho de nacimiento, los títulos de Príncipe de Asturias, Gerona y Viana, así como la condición de heredero legítimo de los derechos sucesorios sobre la Corona española por la Rama de Borbón-Barcelona creada por su padre. En ese período, la Corona estaba representada en el exilio por Juan de Borbón y Battenberg, conocido como Juan III y también como Conde de Barcelona, padre de Juan Carlos, quien asumió esta condición desde 1941 tras la abdicación del rey en el exilio Alfonso XIII (1885-1941).

Fuera de España, las dos principales plataformas opositoras, la Plataforma Democrática y la Junta Democrática, creadas en 1974, lideradas por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Comunista de España (PCE) se integraron en la denominada «platajunta» con el propósito de coordinar esfuerzos en torno a un objetivo compartido: poner fin a la dictadura y restablecer la democracia en España.

El gobierno de la Segunda República en el exilio, con sede en México, avanzaba en el fortalecimiento de su presencia ante la Organización de Naciones Unidas. Contó con el respaldo de Francia, la URSS, México y otros países que aún lo reconocían, buscando ejercer presión sobre el régimen dictatorial bajo la jefatura de Juan Carlos de Borbón e impulsar un proceso constituyente orientado a restaurar la democracia en España.

Juan Carlos, por su parte, pensaba que la dictadura no era un sistema de gobierno eficiente, ya que enfrentaba múltiples obstáculos, especialmente en lo relacionado con su propia legitimidad dinástica, saltándose a su padre, y la preservación de la soberanía nacional que aun dependía de él mismo. Con el apoyo tanto de los falangistas despechados como de los “aperturistas” tecnócratas, logró que uno de sus aliados, el falangista Joséantoniano Adolfo Suárez —quien había sido Ministro Secretario General del Movimiento durante el mandato anterior de Carlos Arias Navarro— asumiera la presidencia del gobierno en 1976.  

Antes de la muerte de Franco, en los círculos más altos de la dictadura surgió el debate sobre la necesidad de abrir el régimen. Se buscaba iniciar una reforma profunda del sistema político con el fin de dar la apariencia de una democracia «orgánica» y así facilitar el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea (CEE), precursora de la actual Unión Europea. Esto también permitiría acceder a fondos estructurales, un aspecto clave considerando la delicada situación económica y financiera que atravesaba el país en ese periodo.

Utilizando la autoridad absoluta que tenía como dictador y retomando la idea de “aperturismo y reforma”, Juan Carlos de Borbón decidió promulgar una nueva ley fundamental, la octava desde el inicio de la dictadura: la “Ley para la Reforma Política del Estado”, delegando su desarrollo a Adolfo Suárez. Esta ley marcó el inicio de un periodo constituyente; aunque se presentó bajo el concepto de “Democracia orgánica”, en realidad pretendía desmantelar la dictadura desde dentro para dar paso a una democracia representativa y liberal.

El Jefe de Estado reconocía que la continuidad de la dictadura resultaba insostenible por la presión social, e internacional y que el modelo de “monarquía absoluta por derecho divino”, promovido por el difunto dictador Franco, era anacrónico. Se consideró oportuno consultar a la ciudadanía, utilizando esta ley como instrumento para ello. No obstante, es relevante señalar que tanto Juan Carlos como la cúpula militar siguieron ejerciendo hasta 1977 un estricto control sobre el país. Cualquier desviación respecto al discurso político oficial podía conllevar consecuencias graves a nivel nacional. España aun seguía siendo una dictadura militar a todos los efectos.

En 1977 se sancionó la Ley para la Reforma Política, lo que resultó en la disolución de dos instituciones esenciales del régimen anterior: la Secretaría General del Movimiento, junto con sus entidades vinculadas y el Tribunal de Orden Público, que desempeñaba un papel central en la aplicación de las políticas represivas del sistema.  Se concedió una amplia amnistía política y se permitió que los exiliados regresasen a España.

En junio de 1977, en el Palacio de la Zarzuela, el Príncipe Juan Carlos de Borbón y Borbón recibió de su padre, Juan III, el título real mediante abdicación. Desde ese momento, adoptó oficialmente el nombre de “Juan Carlos I”. Este acto restauró la legitimidad dinástica de la Casa de Borbón-Anjou, por la rama cadete Borbón-Barcelona y, en la misma ceremonia, el Rey Juan Carlos I designó como sucesor a su hijo menor, Felipe de Borbón y Grecia (actualmente Felipe VI), quien, tras prestar el correspondiente juramento, asumió los títulos de Príncipe de Asturias, Gerona y Viana.

En ese mismo año el último presidente ejecutivo de la segunda República Española en el exilio, José Maldonado González (1970-1977) decretaba oficialmente la disolución de la Segunda República Española (1931-1977), Con este decretos e puso fin al exilio republicano oficialmente y comenzaba el proceso de regreso a España por parte de muchos exiliados.

El 15 de junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones generales, tras legalizar a las formaciones políticas de izquierdas, incluido el PCE y nacionalistas, por sufragio universal desde 1936. Convocadas por el gobierno de Adolfo Suárez, generaron una notable expectación en la sociedad española. Estos comicios marcaron el inicio del periodo denominado “la Transición Española” (1977-1982), que concluiría con la promulgación de la Constitución Española de 1978 y la confirmación de Juan Carlos I como jefe de Estado constitucional.

Tras el referéndum constitucional del 6 de diciembre de 1978 y la posterior sanción real el 27 de diciembre, Juan Carlos I obtuvo la legitimidad constitucional para ejercer la jefatura del Estado, iniciando entonces su reinado, salvo el intento de golpe de estado en 1981, bajo el marco constitucional y democrático hasta su abdicación en 2014.

No todo quedó resuelto con Franco; los aspectos más controvertidos y oscuros de su dictadura se ocultaron deliberadamente a la sociedad mediante un pacto de silencio y olvido. Esto fue especialmente cierto en los últimos años de Franco y los dos primeros años del reinado de Juan Carlos como dictador. Además, existe poca información sobre el 23 F y la posible implicación del monarca, así como acerca de sus verdaderas intenciones respecto al proceso democrático. Las memorias recientes de Juan Carlos han afectado negativamente su imagen; la buena reputación que tenía prácticamente se ha desvanecido.

En la actualidad, se han desclasificado los archivos correspondientes a los últimos años de la dictadura, y poco a poco se irán desclasificando también los documentos del periodo de la Transición. Gracias a ello, están apareciendo nuevas investigaciones que ofrecen una visión más objetiva sobre este complejo momento histórico en España, ayudando a desmontar mitos y a entender mejor la realidad vivida durante ese tiempo.

Para las generaciones actuales, el conocimiento de la historia representa un recurso valioso para fortalecer la democracia en la España contemporánea, caracterizada por la polarización político-mediática, los casos de corrupción y ciertos discursos que promueven un retorno a modelos autoritarios inspirados en ideologías fascistas o franquistas. En respuesta, se observan nuevas movilizaciones sociales en defensa del fortalecimiento democrático y la profundización de derechos sociales. Asimismo, se perciben indicios de tensiones comerciales internacionales y llamados al rearme impulsados por rivalidades geopolíticas y geoeconómicas.

Los que hicimos la EGB comenzamos a estudiar en la dictadura y acabamos en la democracia, por lo que se nos educó, con el Plan Maravall de 1971, para construir una nueva España, sin perder de vista de donde venimos.  Algunos creemos que fuimos educados con lo “mejor” de cada régimen. De La dictadura nos llega nuestro idealismo y nuestros valores, de la democracia, nuestro pragmatismo, nuestra conciencia y activismo social. 

Actualmente, Franco yace en su tumba en el Cementerio de Mingorrubio (Madrid), junto a su esposa y otros altos cargos del régimen dictatorial. El mausoleo del Valle de Cuelgamuros, símbolo de la represión del Franquismo, ha adquirido hoy un significado diferente; la necesidad de restituir la dignidad y humanidad de las víctimas del franquismo en ese mismo lugar es un aspecto relevante en el actual debate histórico.

La muerte de Franco y el hecho de que llevamos medio siglo viviendo en democracia refuerzan mi convicción de que este es el mejor sistema político y me llevan a rechazar la dictadura. Soy nieto de un general franquista y también descendiente de otros cargos públicos durante ese régimen; sin embargo, no comparto el franquismo y me considero demócrata, comprometido social y medioambientalmente desde hace mucho tiempo. Cuanto más aprendo sobre la historia de Franco y su dictadura, más convencido estoy de que las dictaduras son innecesarias y nunca benefician a la sociedad. No juzgo a mis familiares, los respeto, entendiendo que vivieron una realidad muy diferente a la mía.  Cada época tiene su contexto, no es ni mejor o peor, simplemente diferente.


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