¿Tradición o tradiciones cristianas?

Con frecuencia se observa que diversas personas destacan la importancia de defender y preservar la «tradición cristiana» —en singular y con especial énfasis— durante las celebraciones navideñas. Estas personas dan a entender que todo el mundo sabe automáticamente a que se refiere.  

A veces la forma como se expresan, o por sus actitudes y comportamientos, en defensa de esa tradición singular, se muestran agresivas o incluso violentas contra aquellas personas que bien desde el cristianismo, bien desde el mundo laico, rechazan esas actitudes y comportamientos poco o nada cristianos.

A veces el odio, la hipocresía, las apariencias, la intolerancia o los “dogmas” identitarios culturales aparecen en personas que afirman ser cristianas y que en realidad se contradicen así mismas con sus actitudes y comportamientos.

Las personas cristianas se rigen por principios y valores que encuentran fundamento en diversas fuentes, las cuales sustentan sus creencias, doctrinas, actividades y formas de vida y pensamiento. Sin embargo, estos principios y valores evolucionan de manera continua, reflejando los cambios operados en la sociedad en cada época histórica.

Por lo tanto, no existe una única “tradición cristiana” inmutable, inalterable e inviolable, sino más bien una pluralidad de manifestaciones y prácticas que han ido adaptándose según las circunstancias sociales, políticas y culturales de cada época. Esta diversidad enriquece la experiencia cristiana, permitiendo que convivan diferentes formas de entender y vivir la fe, siempre en diálogo con el entorno y abiertos a la reflexión crítica.

La defensa del cristianismo implica, fundamentalmente, mantener coherencia con las creencias personales y adherirse a las doctrinas promovidas por las diversas iglesias cristianas, o bien vivir conforme a los propios principios.

Es importante señalar que la auténtica defensa del cristianismo no debería traducirse en actitudes excluyentes o agresivas, sino más bien en una práctica cotidiana de respeto, empatía y solidaridad hacia los demás. La verdadera fidelidad a los valores cristianos se manifiesta en la capacidad de dialogar, comprender y aceptar la diversidad, tanto dentro como fuera de la comunidad religiosa. Así, el cristianismo puede seguir siendo una fuerza positiva y transformadora en la sociedad contemporánea.

El término cristianismo se originó como una denominación utilizada, generalmente despectiva, para identificar a los seguidores de Jesús de Nazaret (1d.C-33 d.C) al que sus seguidores griegos apodaban “Xestros” (Cristo en latín, que significa “Maestro”) por parte de las autoridades romanas de Judea. Un rabino itinerante que enseñaba los preceptos de la ley judía en la antigua prefectura romana de Judea a todas las personas interesadas en conocer la fe judía.  Entre ellos eran conocidos como “Nazarenos” o “Galileos” en referencia a la tierra originaria de la familia materna de Jesús de Nazaret.

La vida de este maestro judío está documentada en los llamados «Evangelios» (palabra que en griego clásico significa «Mensaje feliz»), considerados la principal fuente sobre su biografía, pensamientos y enseñanzas. La mayoría de estos textos fueron escritos por las dos primeras generaciones de seguidores después de la muerte de Jesús de Nazaret. Hacia el año 100 d.C., se redactó el último Evangelio, atribuido al apóstol San Juan Evangelista, en la isla de Patmos (actualmente parte de Grecia).

Existen numerosos Evangelios redactados en distintas lenguas y por diversos autores, ubicados en diferentes regiones y épocas históricas. Algunos textos presentan coincidencias, mientras que otros muestran divergencias. Destaca la denominada fuente “Q”, considerada por diversos expertos como una de las primeras referencias empleadas en la elaboración de los Evangelios; actualmente se encuentra perdida. Varias iglesias cristianas han establecido concordancias y cánones con el fin de definir sus creencias y doctrinas, basándose en lo que interpretan como el relato esencial o fundamental de la biografía de Jesús.

Estas diferencias en la elaboración y aceptación de los Evangelios reflejan la riqueza y complejidad de la tradición cristiana, que ha sido objeto de debate y reinterpretación a lo largo de los siglos. La diversidad de textos y perspectivas contribuye a una comprensión más profunda y matizada de las enseñanzas de Jesús, permitiendo que cada comunidad cristiana adapte su mensaje a las necesidades y circunstancias de su tiempo. Así, el cristianismo se presenta como un fenómeno dinámico, capaz de dialogar con la historia, la sociedad y la cultura sin perder su esencia espiritual.

Algunas tradiciones no cristianas, en particular las judías, desarrolladas en el Talmud, sugieren que Jesús de Nazaret pudo haber recibido su educación y conocimientos del reconocido rabino Hillel apodado “El anciano”. Este destacado líder religioso estaba considerado como el fundador del movimiento social, político y religioso fariseo y se le atribuye la expansión de la construcción de sinagogas por la región de Galilea durante la época de Jesús.

En la época de Jesús, era común que muchas personas no tuvieran los recursos necesarios para viajar a Jerusalén y así participar en los rituales y celebraciones judías del único Templo existente. Hillel, consciente de esta situación, promovió una visión en la que se privilegiaba la fe y la práctica personal sobre el culto exclusivo en el templo. Fue uno de los líderes religiosos pioneros en sostener que Dios podía ser adorado en cualquier lugar, ya que no posee forma humana ni comparte necesidades como las nuestras; por tanto, no requiere de una vivienda o de sacrificios para alimentarse.

Esta perspectiva representó un cambio significativo en su contexto histórico, ya que hasta ese momento la vida religiosa estaba centrada en el Templo, bajo la administración de la élite sacerdotal conocida como los Saduceos. Las prácticas de estas autoridades, junto con su colaboración con las autoridades romanas y la dinastía asmonea, propiciaron que numerosos miembros de la comunidad judía se distanciaran del culto en el templo e incluso de la religión misma. En ese periodo, surgieron movimientos nacionalistas y populares que veían al templo como una institución de poder hegemónico.

Las sinagogas propuestas por Hillel funcionaban como centros sociales y comunitarios en los que la fe se reflejaba a través de actitudes y conductas de convivencia. Además, eran espacios dedicados al comercio, los intercambios, la educación y la resolución de problemas cotidianos de la comunidad. Actuaban como auténticas asambleas vecinales (“Ekklesia” en griego), dirigidas por un rabino (hombre o mujer) elegido y designado por los propios vecinos.  De este modo, la práctica religiosa se volvía más accesible para los fieles. Estas modalidades constituían vías populares de acercamiento a la religión dirigidas a individuos sin educación religiosa formal y personas analfabetas.    

Hillel promovió un método alternativo de acercamiento religioso al pueblo mediante la figura de los rabinos itinerantes. Estos rabinos, no vinculados a una sinagoga específica, difundían sus enseñanzas en diversos lugares donde su predicación era permitida. Jesús de Nazaret adoptó este modelo de enseñanza itinerante.

De este modo, la influencia de Hillel y el movimiento fariseo no solo facilitó el acceso a la religión para las capas populares, sino que también sentó las bases para una reinterpretación de la fe judía que favoreció el surgimiento de nuevas corrientes espirituales. La labor de los rabinos itinerantes y la descentralización del culto allanaron el camino para que figuras como Jesús de Nazaret pudieran difundir su mensaje y captar seguidores entre distintas comunidades, contribuyendo así a la posterior expansión del cristianismo y a la transformación del panorama religioso de la región.

La progresiva aceptación de estas nuevas formas de práctica religiosa, junto con la apertura a la interpretación de las escrituras, propició que el mensaje de Jesús encontrara eco en una sociedad marcada por profundas desigualdades y tensiones políticas. A través del contacto directo y cercano con la gente, Jesús logró transmitir sus enseñanzas de manera comprensible y accesible, consolidando así una comunidad de seguidores cohesionada por la fe y el compromiso social.

La lectura de los Evangelios ofrece valiosas lecciones sobre cómo vivir conforme a los valores cristianos. El “Mensaje Feliz” de Jesús de Nazaret sigue siendo relevante en la actualidad, mostrando que la religión cristiana está llena de diversas tradiciones capaces de inspirar crecimiento personal, apoyar causas justas y contribuir a un mundo mejor. En lugar de pensar en una sola tradición rígida y excluyente, es preferible reconocer una variedad de costumbres y tradiciones que se transforman con el paso del tiempo.

En la actualidad, cuando, por ejemplo, se analizan los comentarios respecto a la configuración adecuada de un belén navideño (también denominado pesebre, nacimiento o cuna), es posible identificar posturas que abordan el tema desde una perspectiva más rígida y excluyente en cuanto a la interpretación sobre su exhibición, las figuras que deben incluirse y los aspectos doctrinalmente relevantes del mismo.

No obstante, en ocasiones los belenes se instalan durante la Navidad por razones de costumbre, tradiciones familiares o interés artístico. Un belén puede cumplir funciones variadas: servir como elemento decorativo, constituir una capilla temporal para la devoción, actuar como recurso didáctico en la enseñanza religiosa, o bien funcionar como plataforma lúdica para la infancia.

Algunas personas se sorprenden con las formas contemporáneas de representar la natividad de Jesús de Nazaret, ya sea porque los estilos artísticos no coinciden con sus preferencias o los perciben como irreverentes. Otros valoran estas expresiones como arte efímero, mientras que hay quienes creen que reflejan el relativismo religioso en oposición a la ortodoxia doctrinal.

Existe desconocimiento respecto al origen de la tradición de colocar un árbol de Navidad, ya que no proviene del cristianismo. Por ello, algunas personas consideran que esta práctica no debería adoptarse, pues podría contradecir ciertas identidades culturales religiosas. Sin embargo, otras personas argumentan que, aunque el árbol de Navidad se originó en costumbres celtas centroeuropeas, fue incorporado al ámbito cristiano durante la Edad Media, lo que le otorga legitimidad como parte de la decoración navideña.

Algunos católicos rechazan la figura de Santa Claus (también conocido como Papá Noel o San Nicolás) por considerarla de origen pagano, e incluso muchos creen que se trata de una tradición importada de Estados Unidos, lo cual afectaría a la identidad religiosa católica europea y española. Sin embargo, San Nicolás de Bari fue un obispo católico que desempeñó un papel significativo durante una epidemia de peste bubónica, especialmente en beneficio de los niños afectados, a quienes brindaba consuelo y obsequios.

Su vida y acciones se popularizaron en el siglo XIX, aunque la narrativa sobre su persona se fue adaptando a las preferencias victorianas y terminó integrándose tanto en las tradiciones europeas como estadounidenses. En la década de 1960, el personaje evolucionó hasta convertirse en el actual Santa Claus, cuyo perfil fue difundido ampliamente por producciones de W. Disney y utilizado con fines publicitarios por empresas como Coca-Cola.

Así, la diversidad de tradiciones navideñas refleja la riqueza cultural y la capacidad de adaptación de las celebraciones cristianas a lo largo de la historia. La convivencia de figuras como el belén, el árbol de Navidad o Santa Claus en los hogares españoles y otros países ilustra cómo elementos de distintos orígenes pueden integrarse y resignificarse dentro de un mismo marco religioso y festivo. Esto evidencia que las costumbres no son inmutables, sino que se transforman y enriquecen en contacto con diferentes contextos sociales y culturales.

En la actualidad, surgen numerosos reclamos y disputas legales relacionados con el respeto a las creencias religiosas, especialmente cuando una festividad cristiana no coincide con la ortodoxia defendida por quienes promueven una única tradición. Frente a estos reclamos, otros cristianos sostienen que es importante ser flexibles en una sociedad cada vez más secularizada, buscando así fomentar una convivencia social respetuosa. Respetar los sentimientos religiosos implica también valorar los principios cristianos, entre los cuales destaca precisamente el respeto a la convivencia.

Jesús de Nazaret predicaba la enseñanza de la cultura del amor fraterno, “Cáritas”, de la convivencia, del valor de la comunidad, de la amistad, de la tolerancia, del respeto al diferente. Valores como la paz y la justicia social contribuyen a la convivencia. Jesús vivió en un mundo diverso y plural, en un territorio donde confluían distintas culturas, religiones y sistemas de valores. Jesús al contrario que otros fariseos mas radicales y extremistas, como por ejemplo los “zelotes”, apoyaba la idea de ser realistas, coherentes, flexibles y aprender a vivir en comunidad.  

Hablemos de tradiciones y costumbres, no de la “Tradición” monolítica.


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